Hay un ser que duerme y ronca, que se despierta por el ruido de su tremebunda
respiración. ¡Joder!, exclama refiriéndose al ronquido que lo desvela. Sus ojos
no consiguen cerrarse de nuevo para conciliar el sueño, pero se queda en la cama
echado boca arriba, tranquilo, con las manos entrecruzadas sobre el pecho. En
la oscuridad huele el aire contenido de la habitación, el resuello caliente que
sale de sus tripas. Percibe los leves latidos del órgano que lo mantiene vivo y
el rumor incesante de la vieja nevera que descansa en la cocina. A estas
débiles resonancias se une una retahíla de ruidos que el hombre determina con un
ritmo, y los transforma en estímulos que llegan a su cerebro como una manera
evocadora de crear música. Entre los accidentes sonoros se suma el silbido del
viento y su azote contra las persianas; el cric-cric de los grillos; el circular de
varios vehículos por el asfalto adoquinado de la calle; un despertador que
suena de repente a través del patio de luces; el golpe seco de una puerta que
se cierra; y algunas vibraciones imperceptibles que sigue emitiendo su cuerpo. Descontextualiza
y regulariza esas fracciones de ruido en el pentagrama de su mente y crea un
paisaje sonoro que interpreta como una bella sinfonía. Concibe un lenguaje que
va más allá de la susceptibilidad musical y sus oídos captan un mundo repleto
de microtonos y subdivisiones inclasificables. Su prodigio reside en eso. El silencio
de la madrugada se rompe a través de continuas estridencias que irritarían a
cualquiera. Sin embargo, a este hombre que respira gruñendo, esos sonidos
inarticulados lo sumergen en el éxtasis más profundo de su alma; porque halla más
arte en las expresiones ruidosas de la noche que en el canto de unas voces afinadas.
lunes, 1 de junio de 2020
EL HOMBRE QUE RONCA
domingo, 24 de mayo de 2020
FELIZ CUMPLEAÑOS
Desde la terraza donde se halla entorna la mirada bajo sus lentes y
observa obnubilado la línea del horizonte; el mar es una inmensa alfombra
verdosa de vaivenes marinos, una balsa de apariencia aceitosa que se impregna
en su cerebro. Y no consigue escapar de las reflexiones que lo delatan como un
ser frágil, inocente y confiado, pues, a sus cuarenta y cinco años recién cumplidos,
aún cree que hay algo de especial en su manera de entender el mundo.
No cabe duda de que es hijo de las doctrinas económicas por haber
nacido en una época en que lo material se cuantifica con dinero. No obstante, él
planea como un águila sobre el valor que la sociedad determina a las cosas a través
de las alas de su pensamiento idealista. El mundo se queja al otro lado de esa línea
que divide el cielo del mar, sin embargo él se resiste a pensar que el talento y
las cualidades individuales puedan tasarse como si fueran una patata o
cualquier otro producto mercantil, y descarta el recurso podrido de aquellos
que proclaman como sabios: tanto tienes, tanto vales; como si el ser estuviera en
función de los ingresos tangibles o las riquezas gananciales.
En estas cuestiones se halla mientras se toma un café, sumergido en las
profundidades de su conciencia y vislumbrándose como un pez, un mero mero que no
da importancia al dinero. Quizás por no ser lo suficientemente grande o no
tener el coraje para zamparse a otro más pequeño. Esa es la premisa: aplasta y
ten en cuenta el dinero para triunfar. Su alma, hasta ahora, no ha incubado
ningún tipo de negrura. Qué peligroso es ser honesto. A su edad debería tener
en cuenta que ese estado de irrealidad es contraproducente. ¿A qué espera en
madurar? Su inteligencia, si la tiene, nunca será sagaz y hábil en el arte del
engaño; su esperanza en alcanzar metas, si es que se plantea alguna, jamás se
verá ensuciada por la falsedad; su encanto, suponiendo que tenga alguno, no se mezclará
con las malas costumbres que genera el vicio; y su osadía, permitidme que también
dude de que la posea, ni en sueños la sustituiría por la tan necesaria
hipocresía que rige la comedía humana.
miércoles, 20 de mayo de 2020
DOS OJOS
Alguien, quien sea, me infunde el miedo para que entienda algo y
recapacite. Gracias le digo. Pero en realidad aborrezco esos discursos ejemplarizantes
y a las personas que los realizan por creer que ascenderás hacia el conocimiento mientras
te hacen descender a un sótano oscuro. Con gente así hemos nacido los cobardes
miedosos. Yo lo he sido mucho. Quizás todavía. Vinculo los pinchazos en mis sienes
y el picor de ojos a ese estado aprensivo y pusilánime carente de valor o
entereza; también lo atribuyo a las lágrimas que me brotan cuando lloro por
nada. Cada una de las gotas que segrega mi glándula lagrimal ayuda a limpiar y
a lubricar mi ojo izquierdo, y a distribuir el oxígeno por toda la superficie. Cuánta
magia hay en nuestro cuerpo y qué sabio es, ¿verdad? Sin embargo, únicamente es
mi ojo izquierdo el que siempre rompe a llorar y a hacer pucheros. El derecho jamás
se ha lamentado ni humedecido por nada, ni siquiera se ha irritado cuando le ha
entrado alguna esquirla o algún cuerpo extraño rasguñando su córnea. Ni en esas
situaciones dolorosas es capaz de mostrar su fragilidad y su sentir. Su mirada
extraviada solo sabe fabricar legañas.
martes, 19 de mayo de 2020
LA DENTADURA
Miro la tele balanceándome lentamente sobre mi verticalidad. Me gusta estar
de pie y cambiar de canal con rapidez, sin detenerme en su contenido. Un par de
segundos en cada cadena son suficientes para que algo capte mi interés. El objetivo
es perderme en la sucesión de imágenes que hago avanzar por medio del mando a
distancia. Eso me relaja. Me convierto en un tonto feliz que, ante las
inabarcables opciones que me ofrece la caja tonta, puedo escarbar en el
vertedero de programas como una rata curiosa. Así me alimento de la basura que me
ofrece la cloaca televisiva. Durante el día puedo ser prodigioso a través de lo
excelso que me aporta el trabajo y cuando llega la noche desconecto para
meterme de lleno en el barro de la vulgaridad de las emisiones en directo.
De repente llama mi atención la dentadura perfecta de una presentadora
que dirige uno de esos programas verdulero. Retengo el canal y me fijo en la
retahíla de dientes que sobresalen de su boca. Tanto las mujeres como los hombres
que «trabajan» con su imagen parecen estar
obsesionados por evocar cierta belleza a través de la dentadura. Será una moda que
podrá tener cabida en su justa medida, pero la desmesura que observo en su blancura
es demasiado eléctrica, de un blanco nuclear que me echa para atrás al tiempo
que me hipnotiza. La dentadura parece estar recubierta y unificada por una
funda de esmalte sin división interdental, como el protector bucal que suelen
usar los boxeadores. En el plató, la presentadora mantiene una conversación con
uno de los colaboradores. No sé de qué hablan. Solo aprecio la vocalización excesiva
en cada una de las palabras que articula para que, en ese abuso, detectemos la maravilla.
Así entiendo su coquetería. Entonces llega un momento que da paso a publicidad
y, ante la cámara, adopta una sonrisa forzada y ridícula; tan grotesca como antinatural.
Nadie le ha dicho que la estética nívea de sus piezas dentales es una chapuza que
no casa con la sencillez de sus facciones. Buscar una perfección concreta desvirtúa
la belleza global.
miércoles, 13 de mayo de 2020
SOY MUY FRANCO
Soy lo bastante sincero como para decir a quien sea lo que pienso. Es
lo primero que dejo claro cuando conozco a alguien. Soy una persona clara,
directa, rotunda, honesta, recta, decente, leal… No voy con medias tintas ni pamplinas
ni paripés. Soy franco. Quizás demasiado. La verdad es mi opinión. Me define. Aunque
sea provisional y caduque con el tiempo. Algunas veces podría ahorrármela porque,
en realidad, no trasciende en nada importante, solo en mis ganas por verbalizarla
y en sentir la descompresión de mi cuerpo. Me gusta eyacular palabras verdaderas,
espontáneas, con el rigor que me ofrece la exquisitez del lenguaje. Siento que
es mi obligación. Ya está bien de llenar este mundo que zozobra con palabras fatuas
e innecesarias. La confesión desahoga mi alma. No puedo fingir ni ocultar la
exaltación cuando me reconcome el sentimiento arrollador de la verdad. Sin
embargo, sé que no existen las educaciones perfectas. Supongo que la mía
tampoco lo es, ya que a menudo mi ardor se confunde con una actitud
infantiloide y mezquina. Pero me da igual. Siempre diré lo que crea oportuno a
quien sea y cuando sea. Es una mala época para las relaciones humanas. Espero que
no os moleste ni que os sintáis decepcionados. Soy así. Pura sinceridad. De
lejos soy como todos, pero de cerca muestro mis particularidades y mis
contrastes; mis sombras, mis secretos, mis falsedades. En mis palabras siempre encontraréis
pureza e integridad. Nadie puede poner en duda lo que pienso o siento.
lunes, 4 de mayo de 2020
BICHO LITERARIO
52ª crónica de un confinamiento
improvisado
La crónica de hoy va a ser la última.
A modo de colofón voy a utilizar el mismo epílogo que escribí para un
proyecto de novela corta que acabé hace unos meses y titulé Autorretrato de un bohemio sin cabeza.
Espero que algún día podáis leerla.
Estas cincuenta y dos crónicas que he escrito a lo largo de esta
epidemia global, en realidad, no han pretendido ser un diario. Más bien un
ejercicio creativo. Párrafos sueltos e inconexos que trataban de buscar la
sencillez a través de la mezcla de cosas que he vivido y otras que,
evidentemente, no. He ordenado un caos y lo he organizado como quien hace una
mudanza o mete sus cosas en cajas. He estructurado los textos en breves
episodios, con un título sugerente y una imagen que fuera un guiño divertido de
mí mismo, y lo escrito que combinara la ficción con el peso testimonial de la
confesión, sin recurrir a una trama lineal o al artificio que a veces suponen
los géneros literarios. Cuando uno trata de olvidar lo aprendido e inventa
historias se crean caminos peligrosos y reacciones nunca vistas.
Yo no sé muy bien por qué he realizado este experimento. Supongo que para
comprender algo de mí mismo, tal vez para descubrir mi voz y para hacer trabajar a mi
cerebro: un montoncito de grasa de kilo y medio de peso.
Cada día, durante un rato, he focalizado la atención en una hoja de
papel en blanco. Espontaneidad y disciplina. Esa ha sido mi premisa. Me he
sentido vacío, plagado de olvidos. Entonces ha aparecido la conciencia, la que
siempre ha estado ahí, detrás de todo, detrás del cuerpo y de la mente. Y sin
calcular nada, solo a través de los sentidos y mis pensamientos, he tratado de divertirme
y de componer esta especie de bicho literario.
domingo, 3 de mayo de 2020
LOS DE ARRIBA
51ª crónica de un confinamiento
improvisado
A nivel global es ahora cuando el mundo empieza a torcerse. El ecosistema
integral del planeta está afectado por un virus que no entiende de fronteras. Sé
que el amor es una palabra excesiva que a veces da asco. Pero hay muchos tipos
de amor y creo que lo importante en casos extremos como este es aplicarlo honesta
e individualmente de la manera más limpia y transparente. Hoy que es 3 de mayo hablaré de mi madre por ser su día. El de todas. Ella siempre ha sido de ir a
los mercadillos de los lunes a buscar ilusión. Le encanta comprar metros de
tela en las paradas. Busca y rebusca estampados bonitos para luego hacerse un suéter
o una chaqueta o una blusa. Cuando lo encuentra es feliz. Le gusta mucho coser.
Es su gran pasión. Ahora no hay mercadillo. Sería una irresponsabilidad por
parte de todos. Pero ella ha echado mano de los retales que guarda en cajas y de
la ropa vieja que no usa para seguir con lo que más le gusta. Lleva cosidas un
montón de mascarillas con un relleno especial que han puesto a su disposición. Yo
voy con una mascarilla estampada con los dibujos que veía de pequeño. Es una
chulada. También los vecinos y amigos del barrio llevan una hecha por ella. Mi
madre dice que vamos tan a ciegas por la vida que no detectamos el misterio que
se encierra en ella. Que hasta los perros detectan el misterio. El miedo debería transformarse en amor para que todo vaya
bien, me dice. Sin embargo, ella que ve esperanza donde otros se hundirían, afirma
que solo saldremos de esta si nos ayudan los de arriba.
sábado, 2 de mayo de 2020
RADIOGRAFÍA FACIAL
50ª crónica de un confinamiento
improvisado
Esta mañana, al mirarme en el espejo, me he visto ojeroso, con papada,
feo, gordo, descuidado, con pelambrera en la nuca y en las orejas, y también
con pelos demasiado largos asomándose por mi nariz. Con el pulgar y el índice he
vuelto a meterlos en su sitio. Es curioso que los orificios nasales tengan el
tamaño que tienen. Seguro que Dios los diseñó así para meter los dedos dentro, parecen
hechos a medida. La mirada es perversa; la mía siempre evalúa. Ahora toca
hacerme una descripción física de mi cara. La veo grotesca, deforme, sin
angulosidades, con un cuello de morsa marina. Sería un buen bocado para cualquier
alimaña salvaje. Sin embargo, no me veo sucio como otras veces. Claro, será
porque ahora me ducho más que menos. La calvicie siempre ha sido progresiva, no
me ha dado sorpresas, pero mi cuerpo se ha transformado en pocos años. He perdido la posición vertical y
mis masas se han aflojado. Y no me han funcionado las dietas; da igual que
comas algas que frotes de soja. Influye mucho el metabolismo de cada uno, me digo.
O, más bien, el «bolismo» que otorga la bollería, me replico. Lo pómulos han
perdido su tensión y han pasado a ser directamente carrilleras de cerdo, carne esponjosa
que, entre mis dedos, puede estirarse como un blandiblu, un moco verde
escurridizo. Arrugas no tengo, por ahora, solo cuando achino los ojos, pero,
para compensar, me han puesto gafas. He perdido bastante vista. Parezco un
escritor ruso. Soy una cara de pan con lentes que se inclina frente el espejo para
comprobar como su fisionomía da algo de pena. Mi carcasa ha cambiado, de eso no
cabe duda, se ha transformado en una vaina sin brillo y en una molla trémula,
en un trapo de cocina gastado y en un amasijo de huevos revueltos recubiertos
por una epidermis que ha sufrido los efectos secundarios del paso del tiempo. A
partir de los cuarenta los días mal plegados se han ido sumado sin compasión a
mis facciones, y los latidos de mis sientes han ido perdiendo intensidad. Así
es la vida. Pero lo cierto es que antes daba gusto verme en pelota picada.
viernes, 1 de mayo de 2020
EL BINOMIO FANTÁSTICO
49ª crónica de un
confinamiento improvisado
Espontaneidad y disciplina. Eso puedo ofrecerlo. Me es cercano. Ambos
conceptos, aunque parezcan alejados entre sí, se complementan muy bien, son
combinables, al menos en el terreno creativo. Esta dualidad contrapuesta me
recuerda al binomio fantástico que algunos manuales de escritura creativa
aconsejan para activar la imaginación.
Hoy he empezado a fumar. Ayer fui al estanco y le pedí a mi amigo Ramírez,
el encargado del establecimiento, que me vendiera un paquete de cigarrillos
para iniciarme en el arte de tragar y exhalar humo. Nunca he sentido el mínimo
impulso por fumar, pero he querido probarlo para sentir en mi carne la contraposición
de conceptos. Igual he nacido para disfrutar del tabaco y nunca lo hecho por mi
tendencia a la inapetencia.
Esta mañana, tan pronto me he levantado de la cama, me he enchufado un
cigarro y he empezado a dar caladas. La gracia está en tragarse algo del humo. Pero
no me ha gustado. Me he mareado. Aun así, no he querido darme por vencido. Muchas
veces escuchamos un disco nuevo de algún grupo o cantante y, de primeras, nos
cuesta conectar con su música pero, a fuerza de escucharla y ser perseverantes,
al final, conectamos y nos encanta. Hay pocas cosas que nos gusten de entrada. ¿Quién
no ha rechazado la cerveza la primera vez que la probó? Yo no podía con su
sabor amargo y ahora soy adicto a ella. Necesitamos insistir en las cosas para
que nuestro cerebro asimile y entienda que, si se es firme, prácticamente todo puede
convertirse en un hecho placentero.
No voy a dejar de fumar. Me esforzaré en aspirar y en exhalar humo cada
día. Ramírez me ha dado una marca suave que, al apretar la boquilla, el sabor
del tabaco toma un regusto mentolado y se hace más llevadero. He apurado mi
primer cigarro dando vueltas en mi taburete rotatorio, como si estaría subido a
un tiovivo de feria. Ahora me arrepiento de esa actitud infantiloide. Náuseas y
arrojos sin tener nada en el cuerpo. Ese ha sido mi premio. No he podido evitar
sacar la bilis. Mi nefasta ocurrencia ha incentivado aún más mi malestar y he
acabado por los suelos, pálido, desvalido, y sin fuerzas para nada. Pero ha
valido la pena. Un fondo de Mahler se repetía de forma continua en mi cabeza.
jueves, 30 de abril de 2020
CONTENIDO POCO NETO
48ª crónica de un confinamiento improvisado
Modelar con los dedos las deposiciones que evacuamos como una arcilla compacta es un acto repulsivo en sí
mismo, pero, puestos a ser creativos y soeces, también es una labor susceptible
a alcanzar un resultado artístico. Podría ser una experimentación meritoria con
la escatología y lo efímero. Esta afinidad que tengo con las heces fecales es
curiosa, no sé por qué recurro a ellas con tanta asiduidad, pero lo cierto es que
siempre se ha manifestado como una tensión divertida que ha relativizado
todo aquello que, en principio, se gana la etiqueta de admirable o excelso. Ya de
niño recurría a la visión recurrente de reyes, obispos y familias de alta
alcurnia cumpliendo con sus elevadas tareas para luego buscar el contraste
imaginándolos en sus retretes descargando lo grotesco.
Había un artista italiano llamado
Piero Manzoni que recogía sus excrementos y los envasaba al vacío en latas de
metal. Luego adhería su correspondiente etiqueta con un texto: «Mierda de
artista. Contenido neto 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada
en mayo de 1961». Estaba escrito en diversos idiomas y con la firma del artista
en la tapa para darle valor. Era un artista con renombre que había exhibió su
obra en las galerías más famosas y en los mejores museos. Se le ubicaba dentro
del arte conceptual, como no podía ser de otra forma, o del arte de acción, como
bien evidenciaba su producción. Parece ser que llenó noventa latas con sus
deposiciones y las vendió al peso de cotización que tenía el oro en aquel entonces.
Lo cierto es que cuesta considerar esa acción como un hecho artístico, pero a
mediados del Siglo XX Manzoni marcó tendencia.
¿Era mierda de verdad?
En esta supuesta hazaña cabía la posibilidad de que engañara al público y
que todo fuera una gran mentira. ¿Quién estaba con él para comprobar su proeza?
Lo más recurrente era pensar que introducía una bola de papel del peso marcado, treinta
gramos, y luego decía que eran sus deposiciones. Pero nada de eso. No hizo
trampa ni pretendía reírse del público con su insólita acción. Fue honesto –requisito
indispensable para crear desde la verdad–, ya que, con el tiempo, algunas latas
explotaron por la expansión de los gases.
Evidentemente, Manzoni produjo más obra sin atender a los rechazos
biológicos de su cuerpo. Con su discurso creativo hizo una crítica burlona y
sarcástica al mercado del arte, dispuesto a comprarlo todo a condición de que
se estampara una firma.
Estos días la gente está especialmente creativa, hay talento y fantasía, el
ingenio se les dispara y el sentido del humor que derrochan parece ser la mejor
fórmula para combatir las adversidades. Ahora tenemos guantes y mascarillas
para protegernos. A qué esperamos en dar forma al bloque de barro que crece en nuestro interior. Empezad modelando algo sencillo, una figurita o
un muñequito, y luego, los más osados, los que aspiréis a tener vuestra esencia
en una lata de conserva, haced lo mismo que Manzoni.
miércoles, 29 de abril de 2020
CADÁVER EXQUISITO
47ª crónica de un
confinamiento improvisado
¿Un gato francés maúlla igual que un gato español? ¿El maullar de los
gatos es distinto dependiendo del país del que proceden ¿Y el ladrar de los
perros?
Mis libretas están llenas de ocurrencias absurdas de ese tipo. Cuando
algo capta mi interés, por muy tonto que sea, lo anoto. Pensamientos; ideas;
palabras; frases que he leído en periódicos, revistas, libros; conversaciones… Todos
los gérmenes de la creación son susceptibles para que en ellos quede suspendida
una historia. Cuando me encallo en los arrecifes del proceso creativo me
sumerjo en mis libretas con un arpón y trato de ensartar conceptos e ideas que
entre ellos, muchas veces, no guardan ninguna relación. Lo que hago es combinar.
De esa manera armo un texto y, ante esa diversidad de verdades que en su día
anoté, doy rienda suelta a mi imaginación. Creo un cadáver exquisito con las
sobras que hay en las aguas estancadas de mis libretas, ya que por sí solas no
son alimento literario. Escribir me ayuda a buscar recetas que tengan que ver
con la realidad y la verdad de mi vida. Ahora el mundo se balancea como un
barco, y los que se marean como yo no tenemos más remedio que frecuentar
lugares no humanos. Yo los llamo los «no sititos». Es una experiencia que os
aconsejo que viváis al menos una vez.
Ahora perdonadme, pero me ha parecido oír un ladrido que identifico con la
voz del perro callejero que a veces viene a verme. No es como los demás perros.
Desde que presto más atención a los detalles noto que habla con un hilillo de
voz dulce, aguda y penetrante. Tiene un acento extraño. Yo diría que este perro
no es de aquí. Seguro que es forastero.
martes, 28 de abril de 2020
LA LECHUGA DE VERÓNICA
46ª crónica de un
confinamiento improvisado
Las tardes se convierten en un triste crepúsculo para aquellos que
detectan en el sonido de las casas algo parecido a los estertores de una bestia
moribunda. Para muchos es ahora cuando el cuerpo señala algo profundo; algo que
ha ido incubándose con el tiempo. Lo relacionan con un extraño estado del alma.
Nada que ver con el coronavirus. Cuando uno no se ha detenido nunca, es normal
que la energía no haya canalizado adecuadamente y, en una situación extrema
como esta, la pena pueda aflorar en cada suspiro. Son sufrimientos del tamaño
de una pelota de ping-pong, y rebotan contras las paredes del órgano encargado
en darle sentido a todo. La mayoría no son conscientes de nada porque no pueden
gestionar lo que les ocurre. La gente de escasa sensibilidad diría: está como
una chota, se le va la pinza, está para que lo encierren… Un sinfín de acepciones
sobre la pérdida de las facultades mentales. Lo cierto es que el rebote
constante de esa pelotita de ping-pong puede dañar el sentido común.
Verónica, la vecina del cuarto, llora y habla exaltada, casi a gritos, a
través del patio de luces del vecindario. Estos días que no tiene más remedio
que quedarse en casa, la observo mientras mece a una hermosa lechuga sobre su
pecho y le hace carantoñas. Exclama: ¡Ay, qué cosita más preciosa y qué ojazos
verdes me tienes! ¡Ay, cosita mía…! A veces le da por deshojar la lechuga y el pavimento
del patio queda invadido por centenares de palomas torcaces ansiosas de alimento.
Todos los vecinos, sobre todo los del primero, se quejan con razón de su insolencia y su desfachatez. No obstante yo la entiendo. Es de las mías.
lunes, 27 de abril de 2020
ENJAMBRE MICROBIANO
45ª crónica de un
confinamiento improvisado
Cuando algo se afloja en mi cuerpo he de ir al baño enseguida. Es una
sensación que me abarca por dentro completamente. Me entra un mareo parecido al que sufría de pequeño
cuando subía a lomos de aquellos lastimosos ponis de feria que daban vueltas
lentamente.
Hasta hace prácticamente unos años ese aflojamiento se debía a la
actividad tóxica de mi cerebro por querer analizar obsesivamente cuestiones que
no deberían ocupar ni un segundo de mi tiempo. Pero lo ocupaban. Durante mi
adolescencia, esos pensamientos me removían tanto que podía evacuar tres o
cuatro veces antes de que llegara el mediodía. El problema lo tenía cuando cogía
el autobús por la mañana para ir al instituto. Sufría infinitos retortijones y
no era capaz de aguantar mis flatulencias, por lo que, el compañero que se
sentaba justo detrás de mí, el bueno de Marc, se los comía como un campeón y sin
rechistar. Entiendo que algunas veces me guardara el sitio para que me sentara a
su lado, pero yo no reparaba en su cortesía y me sentaba donde siempre. Me abstraía
en la voz de mi ángel de la guarda; en las recomendaciones de ese amigo invisible
que todos hemos tenido alguna vez. Durante el trayecto me decía que estuviera
tranquilo, que ignorara mis miedos y que no me preocupara por ese enjambre microbiano
que habitaba en mi estómago. Que con el tiempo todo iría desapareciendo, y que
no tuviera ningún complejo, pues cagar en demasía nunca había sido algo por lo
que preocuparse. La voz era cercana, suave, blanca, sin modulaciones, reconfortante
como el zumbido de una abeja o el susurro del agua cuando sale del grifo.
Llegué a pensar que tenía una resquebrajadura en el estómago o una inflamación gastrointestinal.
Poca broma con los virus. Recuerdo que una gripe estomacal dejó tocada a toda la
plantilla de un equipo de fútbol.
domingo, 26 de abril de 2020
UN ÁRBOL HA VENIDO A VERME
44ª crónica de un
confinamiento improvisado
Ante la confusión y el pánico la naturaleza animal tiende a correr, a
empujar, a atropellar, a embestir, a arrollar, a pisotear, a derribar… En casos
extremos una estampida humana no siente lástima. Sálvese quien pueda sería la
máxima. Ojalá la naturaleza vegetal también pudiera reaccionar así y
desprenderse del suelo para huir de un incendio o de cualquier amenaza.
El hombre no está prendido por raíces. Tenemos libertad de movimiento y
en nuestra esencia no está permanecer enraizados a un territorio como los
árboles y las plantas. Sin embargo nuestra evolución ha supuesto el peor castigo
para los bosques, porque hemos talado sin control su leñosa y bella verticalidad
y hemos provocado infiernos sin ser conscientes del daño.
Hoy podrán salir los niños a disfrutar de la naturaleza durante una
hora. Para ellos será como el día de Reyes. Su inocencia no tiene la culpa de
nada pero nuestra raza bípeda sí. Los humanos tendremos muchas virtudes si
enfocamos nuestra percepción al talento individual, pero, cuando se hace un
zoom y elevamos el foco de atención, el panorama global que se contempla en la
piel del planeta evidencia una terrible plaga de aberraciones. No hemos podido progresar de otra manera sin herir a nuestros bosques y a nuestra flora.
Aparentemente no sufren porque no gritan como los humanos. Su indefensión por
hallarse agarrados al terreno ha sido su desgracia y nosotros hemos sido y somos
su peor germen de destrucción. Por eso, ahora que nosotros debemos reducir nuestra
movilidad para que otro microscópico virus no nos vapulee, sería bonito que las
tornas cambiaran y que varias manadas de árboles ansiosos de venganza se desprendieran
de la tierra y visitaran las urbes para castigar a aquellos insensatos que nunca han respetado
a la madre naturaleza.
sábado, 25 de abril de 2020
IMAGINAR
43ª crónica de un
confinamiento improvisado
No le pasa nada a la imaginación. Es la que es. Cada uno tiene la suya.
Es así. No debemos avergonzarnos de ella, es preferible aceptarla tal como nos
llega y dejarla fluir en nuestra mente sin pretender cambiarla o moldearla. Además es imposible. No se puede.
Yo a veces fantaseo con la idea de que la vida eterna podría
conseguirse si –a partir de ya, de este confinamiento– nos comiéramos un huevo
crudo al día haciéndole un agujerito en la cáscara y sorbiendo las proteínas de
su interior. Mi imaginación ha querido también que, paralelamente, imagine a un
señor misterioso sentado en un banco y una fila de personas que espera su turno
para hablar con él. El tipo concede deseos y la gente le pide cosas. Yo también
estoy en esa cola y cuando me toca le pido lo que ansío, la vida eterna, explicándole
la obsesión que tengo con los huevos crudos para conseguirla. El señor
misterioso me asegura que tendré lo que anhelo si robo un jamón ibérico en un
supermercado y lo regalo a un vagabundo. También me aconseja que abandone la idea de
los huevos porque eso no conecta con hacer el bien al prójimo, únicamente, si
se diera el caso, lo haría a uno mismo. «¿Y qué pasa si no quiero robar ese
jamón ibérico que usted me dice?», le pregunto. «Pues que no tendrás lo que deseas», me contesta.
¿Y vosotros qué imagináis? ¿A qué estáis dispuestos para conseguir lo que
anheláis?
viernes, 24 de abril de 2020
OJITOS DE CEREZA
42ª crónica de un
confinamiento improvisado
En tiempo de Coronavirus y mascarillas los ojos son manzanas, ciruelas,
melocotones… Son frutas dulces y despiadadas que ya no apartan tanto la vista.
Conduzco cada mañana para ir al trabajo y pienso que algún día van a
pararme para que justifique mi trayecto. Soy gafe. Hoy mismo ha pasado eso. Los
ojos de los agentes eran enormes como naranjas. Algunos tenían una apariencia
dulce y bondadosa y otros eran perversos, sin muestras de humanidad ni compasión.
El agente que se ha dirigido a mí lo ha hecho de muy malas maneras, malhumorado,
con el ceño fruncido y la mirada amarga como dos limones podridos. Bajo la
mascarilla he imaginado una mueca perversa y maliciosa, con ganas de pillar a
los que no tienen la documentación requerida para poder trasladarse al trabajo.
Yo la llevaba, por supuesto. Sin embargo he querido poner a prueba a este agente desalmado
que, seguramente, estaba viciado por otros problemas. Conmigo no ha sido respetuoso, ha utilizado un
tono inapropiado y una retranca prepotente exenta de amabilidad. En todos los
sectores hay individuos que no saben comportarse como seres humanos. En este caso he creído que lo más oportuno era jugar un poco con él. Así que me he hecho el
tonto y me he inventado una excusa insostenible para chincharlo. La crispación se
reflejaba en sus ojos alimonados y su evidente mala leche lo ha llevado a querer
multarme. Entonces, cuando ha sacado su libreta para hacerlo, me he
venido arriba y le he mostrado el documento requerido, como si estuviera jugando
una partida de ajedrez y, ante sus narices, le plantara un fulminante jaque mate. Sus ojos
perplejos se han visto arrasados por la turbación y el desconcierto y yo, con mis ojitos de
cereza, he esperado a que me dijera que podía seguir adelante.
jueves, 23 de abril de 2020
SOY LO QUE COMO
41ª crónica de un
confinamiento improvisado
Anhelo ser la pintura de El grito
de Edvard Munch y gritar sobre un puente. Podría hacerlo en cualquiera de los
dos pequeños puentes que cruzan el estanque de mi pueblo. Ya he gritado demasiadas
veces en casa y en el balcón. Bramar sobre esta pasarela de madera es un deseo realizable,
así que un día que llueva o haga mal tiempo elegiré el momento más decadente para
chillar a esta tierra de locos. Luego aprovecharé para ir a comprar y seguiré
con mi feliz decadencia. En el supermercado pensaré en la muerte o en el declive
de la humanidad mientras la cajera pasa la compra por el sensor. Si analizamos los
productos que elegimos puede hacerse una valoración aproximada de nuestra
psicología y de nuestra conducta. Yo siempre compro lo mismo. Tengo una serie de
alimentos que me representan como consumidor y de ahí no salgo. El brócoli es
uno de ellos, igual que los pepinillos en vinagre y otros víveres enlatados que
no quiero enumerar por vergüenza. No quiero revelar que, efectivamente, soy lo
que como.
miércoles, 22 de abril de 2020
LA LLAMADA
40ª crónica de un
confinamiento improvisado
Esta madrugada me he despertado por un intenso picor en el tobillo. Tenía
una erupción: una de esas ronchas que sale cuando nos pica un mosquito. Podía
rascarme pero no lo he hecho. He aguantado. He pensado que evitando esa tentación
me demostraría a mí mismo valor y fortaleza. A veces es propio de mí contener
una acción fisiológica. Es una soberana estupidez, pero en ese momento quería mantenerme
impasible a la voz del cerebro que no paraba de decirme: ráscate, ráscate,
ráscate…
De repente ha sonado el teléfono fijo. Me he asustado. Pocas veces
suena. El reloj de la mesita marcaba las 5:45h. Quién podía llamar a esa hora. Enseguida
he pensado en mis padres y que algo les había pasado. He dado un salto de la
cama y me he plantado ante el aparato. Lo descuelgo. ¿Sí? ¿Diga?... Se oía una
respiración sofocante y entrecortada. ¿Mamá, papá? ¿Sois vosotros? Durante
varios segundos he estado pendiente de un hilo. He preguntado varias veces quién
era, pero no recibía respuesta. Se me ha hecho un nudo en la garganta y mi
corazón latía descontrolado. Me temía lo peor. Pero al final, el resuello
ahogado y lastimoso se ha convertido en una voz desconocida, la de un adulto de
mediana edad. Así lo he intuido. He respirado aliviado y he descartado la
posibilidad de que la llamada haya sido de mis padres. El individuo que estaba
al otro lado de la línea me ha anunciado su propósito de suicidarse. «Estoy
desesperado y voy a suicidarme», me ha dicho. Ese ha sido su mensaje. Entonces,
la sensación de picor que prácticamente había desaparecido de mi tobillo ha
vuelto a activarse y a desplegarse por todo mi cuerpo. He pensado que acercarse
al prójimo en una situación extrema como esa era moverse en la escala de grises
de la vida, pero a esa hora y con la intensa comezón que me invadía, no estaba
preparado para infundir ánimos a nadie. Así que, haciéndome el loco, le he
dicho que ha llamado a una casa particular y que se había equivocado de número.
martes, 21 de abril de 2020
UN JERSEY DE ROMBOS
39ª crónica de un
confinamiento improvisado
Me quedo inmóvil delante del espejo del cuarto de baño observando mi
apariencia. Abro el grifo y dejo correr el agua. El sonido estimula la nostalgia
que me excava por dentro. Recuerdo un pasado trágico. Mis ojos generan un
parpadeo rápido y la esclerótica se humedece. A veces una voz interior rememora
mis traumas y golpea las paredes de mi conciencia para comprobar si los he
superado. Qué curioso es todo. Si el alma deja de estar inválida la mirada se
vuelve positiva.
Ahora el mundo es de cristal y la humanidad se clava las esquirlas que han
quedado suspendidas en el aire por la detonación de un virus. Somos frágiles, de
carne y hueso.
Antes de los aplausos de las ocho me cortaré el cabello y me vestiré
con un jersey de rombos. Son aconsejables pequeños cambios de imagen. Mejor eso que
inventar miedos. La sensación de angustia que generamos por la presencia de un
peligro, ya sea real o imaginario, no tiene nada que ver con capacidad de ser creativos. Solo es una manera de perforar a nuestro
cerebro, para despertar lo sombrío de la mente y que nuestra mirada se pierda en cualquier punto de la nada.
Hoy seré el hombre que fue lunes y mañana el que fue martes. Así hasta
el final de mis días. No me entristece que pase el tiempo ni que los azules del cielo vayan
deviniendo a grises. Miraré en derredor como si el paisaje fuera bello, nunca
será peor que la negrura de vivir entre las tinieblas de la mente. Por eso me
siento capaz de soportar cualquier tipo de pesimismo y de dominar el decaimiento.
Soy un hombre efervescente. Así lo demuestra esta orina que expulso con la fuerza
de un sifón, que hace borbotear el agua amarilla del inodoro.
lunes, 20 de abril de 2020
¡VIVA!
38ª crónica de un
confinamiento improvisado
Hay un vecino al que veo todos los días. Siempre va vestido con la
misma camisa amarilla y roja. Es muy fina, parece de seda. La lleva un poco abierta,
con estilo. Lee el periódico en su terraza con unos quevedos como los míos, acostado
sobre una hamaca de playa. Parece metódico en sus tareas. Lo digo porque cada
día, a las ocho de la tarde, igual que hacen muchos vecinos, elogia el trabajo
y el coraje de los sanitarios aplaudiendo. Cuando cesan los vítores, se planta mirando al frente, apoya su mano derecha sobre el pecho y entona el
himno. Lo hace son sentimiento, proyectando su voz como un cañón. Lo tararea, o
mejor dicho lo «lalalea», ya que carece de letra y lo canta como el público
enfervorecido de los campos de futbol, como un hincha que apoya a muerte a su
selección. Durante unos minutos solo se escucha el cántico. Ya es habitual en nuestra calle. Cuando acaba permanece en silencio unos segundos y grita con fuerza viva
España, esperando una respuesta por parte de la gente de los balcones. Pero
nunca se produce la interacción. Me da pena que esa situación
se repita una y otra vez y que nadie lo acompañe. Me lo imagino cada noche desvistiéndose en
su habitación, colgando su camisa favorita en una percha del armario, deseoso
de volver a ponérsela por la mañana. En estos treinta y ocho días de
confinamiento tengo el convencimiento de que no la ha lavado; nunca se la he visto tendida en las
cuerdas de su terraza. ¿Eso no sería una falta de respeto a los colores? En fin. Una falta
de higiene seguro. Mañana trataré de contagiarme de su entusiasmo
patrio.
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