viernes, 25 de octubre de 2019

CARAMBOLA


Disparar al aire conlleva peligro. En principio todo lo que sube baja si no impacta contra nada. La velocidad de una bala que cae es menor que la de una que acaba de ser disparada, sin embargo es lo suficientemente rápida como para perforar un cráneo. A mí me gusta disparar al cielo para expresar mi euforia y mi júbilo, también para celebrar un acontecimiento significativo. La sustancia aérea puede modificar la trayectoria del proyectil, tanto en la subida como en la bajada, por lo que una persona que camina tranquilamente por una zona donde se dispare al cielo puede ser sorprendida con la muerte. El peligro radica en la velocidad… y en estar en el momento y el lugar adecuado.

viernes, 18 de octubre de 2019

LA POSESIÓN


Tengo cientos de vestidos hechos de oscuridad. Idénticos. Invisibles a las tinieblas de la noche y acordes al demonio que llevo dentro. Estreno uno cada vez que brotan de mí pequeñas lombrices o retumba el lamento de los grillos en mi cerebro, y lo ciño a mi cuerpo como un guante. Pretendo salvar al mundo después de cenar, a partir de la medianoche, cuando los transeúntes se convierten en fantasmas y las sombras me seducen para que conozca el misterio de las calles. ¿Qué he hecho? ¿En qué me he convertido? Tengo claros síntomas de no pertenecer a este mundo. El tormento interior es inaguantable, terrible, creo oír voces que no reconozco, y ese infierno que anida en mis entrañas usa mi voz, mis andares, todo mi ser. Me hace creer que estoy loca y araña mi estómago con sus afiladas garras. Pero es el cuerpo quien tiene dolor, no yo. Yo no siento nada. El truco está en que no te importe que te duela, aunque una hemorragia te inunde por dentro. Estoy segura que una energía diabólica domina mi alma, mi espíritu. Será la posesión: litros de sangre embebidos por mis órganos, un comportamiento perverso y una fuerza brutal que torna mi piel de color fuego.

jueves, 17 de octubre de 2019

EL BULO


El alcalde de mi pueblo declaró su pesar en el Facebook por mi repentina muerte. Dijo: «Un gran artista y mejor persona nos ha dejado. Descanse en paz». La noticia fue un bombazo. Pero era mentira.
     Los amigos más próximos empezaron a mandarme mensajes de WhatsApp para certificar si aquello era realmente cierto. Yo, ante el terrible e infundado anuncio por parte de la máxima autoridad del municipio, en lugar de desmentir la información, aproveché para olvidarme a mí mismo y no contestar a nadie. Era una buena oportunidad para desaparecer y averiguar si la gente sentía algún aprecio por mí.
     Estuve varios días leyendo bellísimas declaraciones. Detecté cierta veneración, e incluso sentí el calor y el cariño de los más de ochocientos amigos que tenía en Facebook. Sin embargo, de todas las muestras de afecto había una que me sorprendió muchísimo. Era la de un antiguo amigo que no me hablaba desde hacía diez años. Sí, sí, era un colega de carne y hueso con el que solía hacer cañas. Dejó de dirigirme la palabra porque, en su día, dedicados a increparnos como niños –en eso consiste a veces poner a prueba la amistad– contraataqué haciéndole un montaje divertido con un programa de retoque fotográfico. Le sentó fatal. Pues, ensamblé su cabeza en el cuerpo de un rechoncho presentador, y eso, por lo visto, no le hizo ni pizca de gracia. Fue suficiente para cortar por lo sano nuestra relación de amistad. Entiendo que mi mezquina y despreciable creatividad menoscabó en su autoestima, y, también, sin pretenderlo, conseguí que se viera su verdadera naturaleza.
     Lo curioso del caso es que tras conocer mi muerte a través de las redes y quedar manifiestas las innumerables muestras de cariño hacia mí, este antiguo amigo se sumó a ellas y publicó una entrada llena de decoro y gratitud que yo, por supuesto, acepté sin rencor por la emotividad que desprendían sus palabras. Lejos de que volviera a enfadarse y se sumiera en una actitud infantiloide, volví a sacar mi sentido del humor y lo premié con un merecido «me gusta»; el único que concedí.

domingo, 13 de octubre de 2019

LA GRIETA


Pocas veces uno tiene la oportunidad de ver nacer una grieta en su casa. La que yo presencié mientras cenaba surgió de repente en el salón. Sentí un temblor y a continuación oí un crujido seco. Eso hizo que dirigiera la atención hacia el rodapié que tenía a mi derecha. Se fracturó, y una grieta del grosor de un centímetro avanzó por la pared como un insecto moribundo. Me levanté de la mesa y me acerqué a la fisura. Un escalofrío recorrió mi espalda y experimenté un asco visceral, una repulsión orgánica, como si esa hendidura fuera el cuerpo de una cucaracha asquerosa. Todas las casas albergan su ruina, su desaparición, su muerte. Supongo que la mía también. Seguí el avance lento de aquella raja como un reguero de oscuridad; como un pequeño abismo que ascendía poco a poco hacia el techo. No podía hacer nada; tan solo observar y deleitarme con aquel espectáculo que nunca había tenido la ocasión de presenciar. Para mí, ver nacer una grieta en el preciso instante que lo hacía era lo más parecido a asistir al parto de un ser humano. Una maravilla que contenía satisfacción y repeluzno.
     No iba a ponerme histérico ni avisar a nadie. La grieta, como si tuviera un radar y detectara los obstáculos, dio un giro brusco a la izquierda y sorteó un cuadro que había pintado recientemente al óleo. Era el retrato de mi gata. La adoro. Continuó el recorrido por la pared transversalmente, en diagonal. Esquivó el reloj de péndulo, y justo en ese momento sonaron las diez de la noche. Cada sonoro gong que marcaba las horas golpeaba en mi conciencia como una voz atronadora. ¿Y si de esa brecha abismal brotara un nido de grillos? ¿Sentirá dolor la casa? Lo normal y lógico es que no. Pero, ¿y si sí? ¿Las casas respiran? Oía a los grillos. ¿La noche gritaba a través de ellos o era la respiración agónica de las paredes? Una urdimbre de ruidos golpeaba mis tímpanos. ¿Sufría una alucinación o los temblores que percibía eran movimientos telúricos? Sentí como un suave mareo humedecía las palmas de mis manos y tragaba saliva sin parar. Tenía sensación de ahogo. La fisura aumentaba paulatinamente y la percepción que tenía de mi casa era la de un cadáver en ciernes. Mi cuerpo me mandaba señales confusas que yo acogía con pánico y ansiedad. Un olor agrio irrumpió en mi alma y me trasladó a un estado mental de indefensión ¿Era el miedo? En situaciones límite nadie tiene las emociones bajo control. Eso lo sé ahora, oculto bajo los escombros.   

viernes, 11 de octubre de 2019

AUTOFICCIÓN


Escribo diariamente sobre lo que trasciende en mí; no quiero guardarme la vida. Llevo cientos de párrafos anotados en libretas: hechos profundos, anecdóticos, absurdos; sobre el amor, sobre la mente, sobre la muerte, sobre la felicidad… Todos ellos son un buen material para construir un relato basado en mí. Elijo algunos parágrafos y los cruzo con otros, los combino. La realidad son fragmentos de nuestro comportamiento, de nuestros traumas, de nuestros deseos; son porciones de vida que añadimos paulatinamente en nosotros para formar una biografía, una existencia, un todo que va completándose. Luego me limito a hacer presión sobre un argumento y, entre líneas, sugiero el fondo que quiero transmitir. Es imposible inventar algo nuevo. Mi sistema es construir una especie de cadáver exquisito; una composición de trozos distintos de realidad que luego modelo con la imaginación para alcanzar una versión original.
     El último párrafo que he escrito en mi libreta va sobre una cita con dos chicas. Dos compañeras de trabajo. Una treintañera y una cincuentona; y yo, un cuarentón. A pesar de la diferencia de edad, nuestro comportamiento fue en la misma dirección. Bebimos bastante y variado. Para empezar cerveza, vino blanco y dos tapas riquísimas de pulpo; en otro lugar, cava y un suculento postre que consistía en la degustación de distintos chocolates; y después, para rematar, dos gin tonics por cabeza. Fue suficiente para que ellas cogieran una buena cogorza y perdieran el conocimiento. Yo seguí bebiendo chupitos de colores para llegar a su penoso estado de embriaguez. Quería ser otro, pero solo pude sonrosar mis mejillas y teñirlas de alegría.    

martes, 8 de octubre de 2019

DIALÉCTICA


Hago como que interactúo con mi móvil, pero en realidad lo que hago es escuchar la conversación de la mesa de al lado. Hay dos mujeres sentadas. Yo diría que son madre e hija. Se tienen confianza. Discuten. No sospechan que las espío; es tan fácil con un móvil. Pueden pensar que estoy tecleando una conversación con otra persona a través del WhatsApp, jeje, pero en realidad lo que hago es anotar algunas de las frases que se dicen. Mantienen una conversación tensa y tienen opiniones contrarias. Me encanta hacer de escritor en estas situaciones y cazar al vuelo material para mis relatos. Algunas de las máximas que se lanzan no tienen desperdicio, son arrolladoras e inspiradoras, tienen tensión, ironía, y encierran un evidente conflicto entre ellas. Bendita sea la gente y su espontaneidad.
     La supuesta hija se está comiendo un bocata de atún. Lleva gafas de sol, le quedan fatal, parece un insecto, una mosca, pero hacen su función y velan de oscuridad su expresión furiosa. Una bufanda de lana de color crema se enrosca en su cuello como una serpiente. El aire de su voz es penetrante, salado. Sus palabras llegan a mi nariz como golpes de mar encharcado. Da mordiscos al bocata mientras mantiene un ataque dialéctico con la mujer que tiene delante, y una lluvia de migas de pan va precipitándose sobre los pliegues de su bufanda.
     Su presunta madre la mira con cara de acelga. Viste con una chaqueta azul, con cremallera, abombadita, de esas que ahora están tanto de moda. Se mantiene seria y aguanta los embistes de su dialéctica. Eso sí, las dos son consideradas y no se pisan al hablar; primero una y después la otra, respetan los turnos. Ante su supuesta hija mantiene una actitud altanera, desdeñosa; pues, como burlándose de ella, se limpia los labios con elegancia, con suaves toques que aportan refinamiento y exquisitez, sin embargo la explanada de sus abultados pechos también está llena de migas. Se frota las manos. Acaba de zamparse su bocata. No sabría decir de qué es. Abro las ventanillas de mi nariz e inspiro profundamente por si me llega algún efluvio. Calamares con mayonesa. Seguro. Pero da igual. Lo importante es la situación, la hostilidad latente que hay entre ellas.
     De repente se quedan en silencio y ni se miran. Bajan la cabeza al suelo y permanecen circunspectas, como barruntando su próxima embestida. Esa situación se alarga unos minutos; hasta que una de ellas, la madre, exclama rotunda: ¡NO!
     Su hija levanta la mirada del suelo, se revuelve de la silla y le contesta con la misma contundencia: ¡SÍ!
     Durante un momento vuelven a la quietud incómoda y tensa, al mutismo anterior. Transcurre apenas un minuto. La madre vuelve a la carga y, sin mediar palabra, refuerza su negativa oscilando su dedo índice como un péndulo en toda su cara, de izquierda a derecha, con cierta malicia. La hija, sin contemplaciones y con claros signos de gallardía, cabecea con ímpetu de arriba abajo; se quita las gafas de sol y, con el ceño fruncido en una expresión de ira, le escupe un sonoro «SÍ». La madre, que no se deja intimidar, sacude con insistencia su cabeza y le dispara una ráfaga de nos: No-no-no-no-no… A ver quién puede más. De esta manera se inicia una batalla de síes y de noes, además de los respectivos ademanes para reforzarlos. Afirmación y negación. Así todo el rato. Contraataques monosilábicos, gestos airados y aspavientos gallináceos que mueven el aire de su alrededor. Flotan corrientes silenciosas entre las patas de su mesa; remolinos de aire viciado por la tirantez de sus reacciones; una ventisca de encaramientos levanta los papelitos del suelo, y, una mezcla de polvo y arenilla, invita a largarse de la terraza donde estoy. El sol, que hace unos minutos lucía radiante, ahora se esconde tímidamente tras una nube, avergonzado, igual que yo. Dejo de escribir en el bloc de notas del móvil, ya no hay nada que anotar, se ha esfumado el ingenio y la chispa socarrona que tenían al principio. Ahora se han convertido en dos niñas petulantes, aburridas y perezosas, que han agotado su perspicacia y el ingenio de su lenguaje. Decenas de nubarrones ensucian el cielo. Una bolsa de plástico y un trozo de cartón se pegan a las patas de mi silla. Los tornados nacen de la hija y los remolinos de la madre. Llegarán a las manos. Los lívidos grises amoratados dibujan en el cielo una expresión de tormenta. 

viernes, 4 de octubre de 2019

ES MEJOR RECICLAR

Hoy me he levantado con ganas de marcha. La mañana brilla como el lustre de un palosanto. No sé si provocar un descarrilamiento con una moneda de dos euros o tatuarme todo el cuerpo con una imagen a tamaño real de mí mismo. No he dormido bien, alguien ha dejado unos huevos podridos en mi cerebro. Me da vergüenza admitirlo, pero soy de los que lee libros gordos en el metro; creo que voy a ser más inteligente si practico la lectura acompañado de ese leve traqueteo. Mientras duermo siento que me hago más inteligente y sabio; como si un fantasma depositara cosas y experiencias en mi subconsciente; como si mi cerebro fuera una despensa que almacena de todo. Es cierto que algunas cosas que sé y otras que aprendo no valen para nada, por eso intento deshacerme de ellas enseguida. Mi mente es flexible, es mi gimnasio espiritual. Pienso luego existo, ¿no? Pues eso. En la cocina huele mal. Anoche me hice algo frito. Seguro. ¿Huevos estrellados? Puede. También bebí cava. Ay, sí, huevos. Ahora me acuerdo. El espumoso combina muy bien con la textura de la clara y la yema. En la sartén ha quedado una capa blanquecina y gelatinosa. Es el aceite sobrante que se ha enfriado. Da asco pero mola tocarlo, tiene el aspecto de una crema, incluso me untaría con ella. Es mi mejunje cerebral, mi materia gris, mis sesos, mi mollera, mi entendimiento coagulado, mi cordura y mi sensatez hecha manteca, la viscosidad untuosa de mi intelecto, mi talento, toda mi astucia y mi grasienta imaginación. Mi esencia. Podría lanzar toda esta porquería oleosa por el desagüe, pero no lo voy a hacer. Es mejor reciclar. Así que haré jabón casero.       

jueves, 3 de octubre de 2019

¿QUE LUZCA EL SOL TE HACE FELIZ?


Tú, que eres de aquí, tienes la gran suerte de poder hablar con esta playa y con este majestuoso castillo templario; también puedes hacerlo con el Sol y manifestarle lo feliz que te hace que luzca cada día. Díselo, que sepa lo importante que es para ti que brille resplandeciente la mayor parte del año. Le gustará saberlo. Es el astro rey, la estrella luminosa y el centro del sistema planetario, una deidad, lo más parecido a un dios. Es normal que lo adores y lo tengas en alta estima. Dirígete a él con humildad, hazme caso; te contestará a través de su energía. Pero quítate de la cabeza la creencia esa de que su luz puede curar o transmitirte fuerza espiritual. Son paparruchas de la pseudociencia y los curanderos. Los médicos y los profesionales de la salud desaconsejan la práctica de mirar al sol. No hagas tonterías con tus retinas, ya que ese acto inconsciente podría producirte graves daños en los ojos. La cuestión es que no lo mires directamente, puede cegarte, ya sabes las historias que corren acerca de mirar al Sol y la estupidez humana. Ten en cuenta esta advertencia, y, por lo que más quieras, ni se te ocurra ponerte gafas de sol, sería una falta de respeto. No sé… Igual deberías replantear tu afirmación sobre lo feliz que te hace que luzca el sol. ¿Estás seguro? ¿Serias igual de feliz si uno de esos días que el sol luce radiante alguien de tu familia sufriera un terrible accidente? ¿Eh…? ¿Qué me dices a eso? No hace falta que contestes. Puede que me equivoque o sea un exagerado o un cenizo, pero el hecho de que luzca el sol no es lo que realmente te hace feliz.     

miércoles, 2 de octubre de 2019

EL MALTRATADOR


El señor que da rienda suelta a su violencia lo hace en una habitación destinada para ello. En ese pequeño espacio, que en realidad es la salita de estar de su casa, se desfoga y da salida a la rabia y a la furia desmedida de sus arrebatos. Ese encabritarse lo tranquiliza más que cualquier otra terapia, pero la habitación queda destrozada, sobre todo el televisor, que recibe palos por todas partes y acaba inservible. Luego, cuando se apacigua y toma conciencia de lo que ha hecho, arrepentido, repara los daños de la habitación y compra un televisor nuevo; no podría vivir sin él. 
     Por una cuestión de apego, el televisor que adquiere en su establecimiento de confianza siempre es el mismo o un modelo similar. Es importante que se asemeje y sea lo más económico posible, ya que ha llegado a destrozar doce monitores en un año, uno por mes. El dependiente, un chico que conoce todas las marcas y los nuevos avances tecnológicos, le aconseja que adquiera un plasma con sistema inmunológico; sí, el mismo que tenemos los humanos cuando nos hacemos un corte en el brazo y se nos cierra al cabo de unos días. «Este modelo se autorepara», le asegura. «No le va a defraudar y le va a durar mucho más». Y, efectivamente, el nuevo televisor aguanta las envestidas y los palos de este energúmeno. La pantalla llega a sufrir todo tipo de daños: golpes, rayaduras, incisiones, trompazos, perforaciones, quemaduras…, pero, gracias a la implantación de este sistema innovador, se recupera en apenas unos días, como una herida humana.  

lunes, 30 de septiembre de 2019

DIOS ES PODÓLOGO


Con una mirada consigo detener el tiempo y que gran parte del agua salada que cubre la superficie terrestre se convierta en una masa gelatinosa y compacta. Mi propósito es girarla del revés para que los hombres y las mujeres que se zambullan en ese momento queden sumergidos en la ingravidez de un mar pegado al cielo, de manera que sus pies queden al descubierto, suspendidos en el aire. ¿Hay algo más bonito y propenso a los placeres sexuales que un pie humano? Esta extremidad es un milagro biomecánico que merece su protagonismo. Llevo demasiado tiempo compartiendo mis catástrofes y mis grandezas, por lo que ya viene siendo hora de que se contemple este pequeño prodigio como lo que es. Tiene veintiséis huesos, treinta y tres articulaciones y cien músculos y tendones. Su preciso mecanismo ha mantenido a los humanos en equilibrio, ha soportado su peso y los ha desplazado a velocidades variables. Qué se le puede pedir más.    

martes, 24 de septiembre de 2019

333 OJOS


El chico que sirve a los clientes del hotel observa con cierta tensión la torre de platos y tazas que sostiene con su mano ortopédica.
   Los camareros se han convertido en meros transportistas de platos, vasos, cubiertos y otros utensilios que se disponen sobre una mesa y cumplen con su función culinaria. En este tipo de establecimientos, ya sean bares, restaurantes, hoteles, o similares, se sirve al comensal sin ser preciso poseer una formación específica ni conocimientos sobre gastronomía. Esto es una circunstancia que, al parecer, no tiene demasiada importancia porque nadie detecta esa carencia profesional por ser una tarea relativamente sencilla.
     Hace dos años, cuando el subdirector y jefe de personal del hotel entrevistó a este chico para formar parte de la plantilla de camareros, percibió su disposición y las ganas de trabajar en la empresa. Lo sorprendente fue que, durante los veinte minutos que duró la conversación, no detectó su minusvalía, y el chico, algo inquieto por causar buena impresión, no la ocultó, la mostró sin rubor ni complejos, con la naturalidad de quien se acepta con esa evidente particularidad. El subdirector se limitó a formular sencillas preguntas para comprobar que no era un psicópata y que poseía el sentido común que se requiere para trabajar cara al público. «Amabilidad y empatía. Eso es todo lo que se necesita», le dijo. Desde entonces trabaja felizmente dando el servicio de desayunos en este hotel de cuatro estrellas.
     Cada mañana, los clientes que se hospedan en el hotel y bajan al comedor para desayunar tampoco detectan nada extraño en el chico. Es cierto que su prótesis es una buena imitación, pero es sencilla, una de las más básicas. No es una articulación cibernética ni está recubierta de piel humana para que se parezca a las de carne y hueso. Es de resina, rígida, de una sola posición, inarticulable como la de un Playmobil, y, con solo echarle un vistazo, salta a la vista que por ella no corre la sangre, y su color antinatural, mucho más pálida que la otra mano.
     A estas alturas, al chico le molesta que nadie se haya dado cuenta de que es manco. No entiende cómo es posible que incluso sus compañeros de trabajo, con los que pasa cuatro horas todas las mañanas, no se hayan percatado de esa palpable anomalía. La gente no presta atención a los detalles, están de vacaciones, de acuerdo, pero ellos… Parece que tengan los sentidos atrofiados.
     Ajustar su prótesis en el bulto de carne cicatrizada es lo primero que hace al levantarse; luego se dirige al hotel para servir lo mejor posible a las personas. No le faltan ganas ni ilusión en lo que hace. No obstante, la angustia que siente día tras día por este hecho incomprensible y falto de sensibilidad desemboca, justo hoy, en un espasmo nervioso, en un temblor que sacude violentamente su brazo derecho. Y, sin poder evitarlo, se le escurre la torre de platos y tazas que tiene encajada en la rígida concavidad de su pulgar y los demás dedos.
     Mientras la loza se precipita contra el suelo, el chico vislumbra su porvenir. Y es durante ese breve espacio de tiempo cuando intuye su declive, su decadencia, incluso la penosa soledad que le espera. El ruido de la cerámica que explosiona contra el mosaico del comedor alerta a los comensales, a sus compañeros y al metre de sala. Por un momento se convierte en el centro de atención; todos se sobresaltan ante el estallido de platos y se giran hacia él como si un foco de luz lo iluminara. Su cuerpo se encoge como si quisiera desaparecer, se siente avergonzado, pero al final levanta la cabeza del suelo y se percata en la mirada compasiva y benevolente de los clientes; en el rostro piadoso e indulgente de sus colegas de trabajo que, sin pensarlo, le ayudan enseguida a recoger los innumerables trozos esparcidos por la zona que pertenece a su rango. Todos quitan trascendencia al accidente, incluso el metre, que le da unas palmaditas en la espalda para que no se preocupe. «Nos puede pasar a todos», le dice con ojos de dulce gatito y una dudosa absolución que le atraviesa como un sable. En un momento todo queda impoluto y limpio, como si nada hubiera ocurrido, sin embargo el chico sigue inmóvil en su sitio, compungido, con una pena que nada tiene que ver con su torpeza.
     Abstraído en sus pensamientos no aparta la mirada de la ortopedia ajada que permanece todavía en el suelo, junto a la máquina de los zumos, como si se tratara del asa rota de una taza, totalmente inapreciable a los trescientos treinta y tres ojos que se encuentran en la sala.

domingo, 22 de septiembre de 2019

LIMPIEZA HUMANA


El acceso de entrada a las actuales viviendas son aberturas circulares de unos cincuenta centímetros de diámetro. Las antiguas puertas, debido a la similitud que guardaban con el tallado y el barnizado de los féretros (sobre todo si se disponían verticalmente), se suprimieron del diseño inmobiliario por prevalecer en el subconsciente como una metáfora de lo funerario y lo macabro. Una profunda espiritualidad ha hecho mella en las almas de los hombres y las mujeres que tienen la convicción de que el estereotipo de Dios no debe contener aristas ni angulosidades, pues la forma de la perfección se entiende y se concibe mejor en la redondez. Además, tienen la certeza de que la salvación puede alcanzarse en una dimensión distinta al plano físico, y ese abrumador planteamiento ha influido a la hora de fabricar los hogares modernos, ya que, lejos de asemejarse a las construcciones de ladrillo y hormigón, ahora se conciben como reductos adosados unipersonales que pueden dar vueltas y vueltas en cualquier momento con el propósito de que la fuerza centrífuga limpie cualquier pecado cometido.

viernes, 20 de septiembre de 2019

MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS


Resulta que hay un hombre que es arte moderno. Su cometido consiste en acudir cada día al museo, subirse sobre una peana de un metro cúbico y pasarse ahí todo el día, hasta que el museo cierre. No es un artista, ni un actor, ni un comediante. Tampoco es exactamente un mimo, ni un malabarista, ni alguien que pertenezca al mundo del espectáculo y tenga algún talento. Nada de eso. Es alguien como tú o como yo, un hombre aparentemente sencillo que viste sin estridencias –unos vaqueros y un polo–, y, aunque parezca inverosímil, escenifica una vida normal en ese pequeño espacio, sin articular palabra.
     La primera vez que visité el museo me identifiqué con sus gestos. Eran las típicas acciones que podíamos realizar en la intimidad de nuestra casa: batir huevos, bostezar, mear, limpiarse la cara, leer… Pero cuando me acerqué más y me detuve junto a él fue como si mis pensamientos estuvieran flotando sobre mi cabeza y pudieran leerse como los bocadillos que dan voz a los personajes de un cómic, ya que, de repente, como si pudiera ojear los renglones de mi conciencia, contrajo su cuerpo y fue adoptando la forma de lo que, paralelamente, se ideaba en mi mente. Y eso me sorprendió, porque no trataba de mimetizar sencillos y recurrentes movimientos. Qué va, nada de eso. Iba mucho más allá: entró en mi psique y, con una flexibilidad inesperada y prodigiosa, escenificó lo que se fraguaba en mi imaginación. Y os puedo asegurar que no era algo insustancial o leve. Era una evocación repulsiva e irracional que a veces se manifestaba en mí como un miedo. No sé de qué manera supo captar esa abstracción mental y canalizarla a través de su cuerpo, retorciéndolo y enroscándolo como una serpiente. Pero el hombre, que no tendría más de cincuenta años, tras unos segundos convulsionándose, se quedó inmóvil, supurando un líquido lechoso entre sus pliegues. Se construyó una masa corpórea en el aire: la plasmación de mi estimulación cerebral y la precisión de su pose. Una maravilla que producía pánico, repeluzno y belleza a la vez; un nuevo tipo de monstruo.
     Luego pasé a la siguiente manifestación artística: un chicle pegado en la pared, enmarcado como un cuadro. 

miércoles, 3 de julio de 2019

LA ÉTICA DE LOS ROBOTS


Lo sabe poca gente pero en mi ciudad hay varias estatuas que filman lo que pasa. Son auténticas obras de arte, verdaderas manifestaciones estéticas de apariencia hiperrealista. Cualquier elemento del mobiliario urbano podría pasar por una de estas esculturas-espía; un árbol, una farola, una papelera... En mi calle hay una de aspecto humano ubicada en frente de mi portal. Representa a una figura femenina de raza negra sentada en el extremo de un banco. Es perfecta. Lo sé porque vivo justo arriba, en el primero, y, desde la ventana, veo como la gente se sienta en ese banco creyendo que es una señora real, de carne y hueso, ya que, por cortesía, le dirigen un saludo, un hola, un buenos días, y no reciben una respuesta o un gesto por su parte. No sospechan que su total inmovilidad se deba a su condición de estatua. Son figuras moldeadas en resina y vestidas con prendas y complementos reales. La que contemplo a pie de calle lleva puesta una chaqueta negra y un vestido a cuadros blancos, un bolso, unas gafas de pasta, pendientes, unos botines negros y unas medias oscuras. Desde aquí veo cómo se enciende y se apaga un pilotito rojo imperceptible dispuesto en el interior de su frondoso cabello rizado a lo afro. También sostiene un móvil en sus manos. Es de última generación. Justo ahora vibra levemente y emite un ruidito. Pip-pip. Cojo mis prismáticos e intento visualizar la pantalla del móvil. Con la lente alcanzo a ver el nombre del grupo de whatsapp que está abierto en este momento. «La ética de los robots», pone con letras mayúsculas en la parte superior. Hay una conversación, un intercambio de frases. Curiosamente, en el cuerpo de los mensajes, alguien ha salido del grupo.

lunes, 24 de junio de 2019

LA MUJER RARA


En este cubículo hermético doy rienda suelta a mi imaginación. Quizás demasiado. Mi cabello se apelmaza y va creciendo en vertical como un troncho de palmera. Seguramente huela mal, todavía no me he quitado el vestido a rayas que me dieron. No puedo lavarme ni asearme, pero sí lamerme cada mañana cuando intuyo un nuevo día. En este reducto para especies raras dispongo de una diana para hacer puntería y una silla. También me ponen música. Sin embargo, al poco rato de sonar la melodía la paran.¿Qué pretenden que me divierta yo sola con el juego de la silla? No estoy dispuesta a dar vueltas y vueltas a su alrededor. Jamás. No van a crear una versión distinta de lo que soy.  

sábado, 15 de junio de 2019

LA TIENDA DE MUÑECAS


He de confesaros que quiero cosas que puedan acumularse; que estén aquí, allí, lejos, o en cualquier sitio; que tengan presencia o bien puedan imaginarse: a groso modo, a priori, in crescendo… Bailaría en plan bestia en cualquier sitio, sobre una cama o un montón de gente medio muerta. Lo haría a mi estilo, misteriosamente, sin tensiones ni compromisos, con la intención de que el mundo valorara mi peculiar talento. Creedme. Detesto el orden de las cosas. Los puntos suspensivos, por ejemplo. ¿Por qué solo tres si lo que mola es verlos en una fila hasta el infinito? Todos podemos almacenar cosas y fabricar un santuario de trastos, cacharros y chismes inservibles. Yo lo hago en mi tienda. No soy madre de dragones, sino, más bien, una humilde madre de muñecas. Todas son mis hijas. Las vendo baratas, y regalo las que no tienen cabeza. ¿Os gusta verlas apelotonadas en este escaparate? Adoro el abigarramiento, las multitudes, las manifestaciones políticas, las manadas de búfalos corriendo, la gente que hace cola para comprar una entrada o el hacinamiento morboso que se forma en una pelea callejera; igual que escribir en mi libreta un sinfín de etcéteras: etc, etc, etc, etc, etc… A que mola mi tienda de muñecas.

viernes, 24 de mayo de 2019

DISNEYLAND


¿Qué pasa con los que están dentro de los personajes Disney?
Cuando el Pato Donald o Mickey o Pluto se dirigen a los niños y los cogen en sus brazos me pongo en modo Pitbull. No veo la verdadera apariencia, ni la expresión, ni oigo su voz. No tengo pistas de nada y mi percepción vuela hacia un lugar oscuro y tenebroso. No creo en la ilusión que venden. En el interior de esos disfraces no presiento vibraciones sanas, ni siquiera intuyo a un ser normal. Imagino a un homúnculo apestoso que se ríe, a un espécimen deforme con la cerviz peluda, recubierto de costras y velámenes de porquería. Solo un ser artificioso e insensible podría resistir en ese infierno de espuma. Esta factoría de sueños ha creado espejismos para criaturas inocentes, que aún no tienen la capacidad de intuir la naturaleza que se alberga dentro de cada uno.

viernes, 17 de mayo de 2019

LA MANUALIDAD


El mundo empezó a torcerse cuando alguien rompió mi manualidad. Yo mismo la construí unas semanas antes. Me basté de unos alambres para crear el esqueleto, y de papel de periódico y cola para dar el volumen. Cuando la masa de papel maché adquirió la forma adecuada dejé que se secara y se endureciera. Luego lijé las irregularidades y pinté el cuerpo de color carne. A la cabeza le di expresión humana a partir de una foto de mi prima. Reproduje sus ojos, su nariz y su boca con un pincel fino. Las orejas quedaron tapadas por una pequeña peluca rubia que dispuse con gracia. La cubrí con un vestido de lunares amarillos, la calcé con unos zapatitos rojos de tacón y la engalané con un bonito collar y unos pendientes de flamenca. Me quedó divina. Tal como ella era.

lunes, 13 de mayo de 2019

VIERNES CREATIVO


Los Viernes Creativos de Ana Vidal son un buen gimnasio para mantener en forma el músculo de la imaginación. Pero os confesaré un secreto. Uno sabrá si realmente es creativo cuando contemple en el cielo la muerte simultánea de dos pájaros en pleno vuelo, o si un día revuelto y borrascoso es capaz de distinguir la forma concreta del viento. Si uno logra ver esto estará salvado y no conocerá jamás el aburrimiento.
Nada es invisible para los que proyectan su imaginario a partir de la nada. Todos los que son así, intuitivos y fantasiosos, conciben el silencio como una quietud opaca dotada de un sinfín de formas que cambian según la incidencia de la luz sobre sus pliegues traslúcidos.
Como os digo, los que tienen inventiva y sueñan con los ojos abiertos, estén estimulados por un Viernes Creativo o por cualquier otra iniciativa, siempre permanecen alerta a su entorno, a su cuerpo y a los objetos que les rodean. Dicen que en ello radica la magia.
El que os habla, un tipo con más cara que espalda, propenso a empinar el codo y a ponerse morado, ha visto como dos palomas sin vida caían del cielo un día soleado; también ha contemplado la singular forma de la muerte en el interior de una habitación lúgubre y oscura; y, por supuesto, las múltiples versiones que puede adoptar el viento. De todas, me quedo con su apariencia marina, la más inofensiva, por ser como una espuma de sal con miles de patitas ondulantes que acarician el rostro. Tiene muchos otros aspectos. Sin embargo, la mayoría de ellos dan mucho miedo. Igual que el marcado contorno que toma la muerte en los espacios íntimos por encerrar tinieblas. Reconozco haber sentido el pánico y el horror en las curiosas envolturas del viento. Pero uno aprende con el desasosiego porque para superarlo debe afrontarlo solo, sin la ayuda de nadie. La verdad es que, después de todo, ha valido la pena pasar por ese mal trago; me ha permitido conocerme un poco más y entender mejor este prodigio que tengo. Gracias a él he perdido el respeto a todo.
Por poneros un ejemplo. Cada mañana, cuando me levanto, voy directo al baño, levantó la tapa del váter y proyecto mi talento. Supongo que como todos. La diferencia está en que yo, conocedor de mi desenvoltura y mis habilidades, sujeto con suma delicadeza mi miembro amorcillado e inhiesto. Antes de que estalle mi vejiga, con la misma presión que pueda tener un sifón de taberna, dibujo sobre la blancura de la loza arabescos amarillos. Luego, cuando acabo, acciono el botón de la cisterna y nace una cascada brumosa; las Cataratas del Niágara, el espectáculo más bello del mundo. Mantengo los ojos bien abiertos y contemplo ante mí la maravilla. Sí. Ese espectáculo sencillo, parecido a una naturaleza indómita y brava. Pues se crea una ilusión fantástica, otro mundo. No me es preciso viajar. Para qué. Resulta más cómodo quedarse quieto y permanecer atento a la efervescencia, al choque de la micción contra las paredes níveas del inodoro y, si se da el caso, oler la fragancia úrica del pequeño lago ocre de agua estancada.
Ana, querida, sé que es una gran guarrada lo que digo, que soy indigno, un sinvergüenza, pero tengo que decirte que en mi retrete, en mi trono real, en mi acogedor cuarto de baño, ya sea viernes u otro día de la semana, nace un paisaje diseminado por la lluvia que mi cuerpo desecha, expulsándola a través de mi uretra, y todo queda salpicado con esa gracia divina que Dios me ha dado.

martes, 30 de abril de 2019

LA PIERNA


A Evaristo vivir con una sola pierna le sirve para dar los saltos más potentes que yo jamás haya visto. Su pierna no es normal, es distinta a las que puedas imaginar. Vente un día al pueblo y la verás. Es enorme, desmesurada, extremadamente robusta. Una extremidad en mayúsculas. Recia y poderosa; mucho más que la de los culturistas o los deportistas de élite. Además, posee una belleza única, extraordinaria, expresiva, nunca vista. Evaristo siempre la muestra desnuda, incluso en invierno. Gracias a la constancia y al correcto trabajo de cuádriceps, bíceps femoral y gemelo, el desarrollo muscular de su tren inferior ha alcanzado una  definición portentosa, cercana a la estructura biomecánica de una pierna robótica. Para que te hagas una idea: esa masa musculosa y anatómicamente perfecta mide 1,5 metros de altura, y su pie calza un 62. Evaristo puede dormir de pie, estoy seguro. En cambio su torso es pequeño, pequeñísimo. El trabajo que realiza en el gimnasio para desarrollar su tren superior no avanza, y su tronco, a pesar de la exigencia de ejercicios que se impone, no alcanza el volumen requerido. Es un tronco comprimido, de complexión esmirriada, canijo. No va con el conjunto. Encima es bracicorto. Hay una evidente descompensación que hace de Evaristo una versión humana diferente y particular. Aun así no se siente un bicho raro, no tiene complejos. Ni de su calvicie ni de su minúscula cabeza; es del tamaño de un huevo de avestruz. Sin embargo, su semblante es divertido, grotesco. Posee una expresión agradable que nunca aparenta cansancio. Es inquieto. Un atleta. Un portento de la naturaleza. Tendríais que verlo saltar. Qué saltos, Dios mío. Son tan plásticos y esbeltos. Pura armonía. Ven a verlo, en serio. Nunca lo he visto usar muletas ni artilugios para ayudarse en su movilidad; para qué. La cadencia de sus saltos es más elegante que nuestro caminar, y se traslada tan rápido a los sitios que utilizar un vehículo sería tontería. Digo que se traslada porque, evidentemente, caminar no camina. Pero sí que nada y patina.