Alguien que ya no era el mismo caminaba por una transitada calle que
tampoco lo era. Las personas que se le cruzaban iban cabizbajas, sumidas en la
vaguedad de su conciencia, y tampoco tenían nada que ver con la gente distraída
y risueña de antaño. Todo lo que conformaba el mobiliario urbano era una sombra
de lo que fue, el diseño actual que vestía a la ciudad era una infructuosa alternativa
comparada con la de antes. Incluso el aire estaba viciado. Ya no contenía el
78% de nitrógeno ni el 21% de oxígeno ni el 1% de otros elementos.
lunes, 22 de octubre de 2018
jueves, 18 de octubre de 2018
EL GRAN DON
Nací ausente, y ese estado de profundo ensimismamiento se prolongó hasta
la edad de cinco años. «Ya se arreglará», pensaron mis padres. Y me arreglé.
Ahora puedo decir que soy una persona casi normal. Poseo dentro de mí una
especie de antena sensorial capaz de oír las frecuencias que emiten los seres
vivos. Detecto las ondulaciones del pensamiento y puedo interpretar con certeza
todo lo que ronda por sus cerebros.
Esta circunstancia no ha
impedido que haga una vida normal; más bien es una ventaja que tengo sobre los
demás. Para mí no hay misterios en el razonamiento humano; detecto los
pensamientos de las personas que están a mí alrededor.
Alguna vez que he perdido este don –así me
gusta llamarlo– lo he recuperado metiendo un bastoncillo en los oídos, hasta el
tímpano, moviéndolo con fuerza e insistencia. De esta manera vuelvo a restaurar
esta habilidad que poseo.
Puedo apreciar lo que
piensa una mosca. Me encanta meterme en los diminutos
cerebros de estas acróbatas del aire y percibir cómo son capaces de procesar
rapidísimamente miles de estímulos que no sabría clasificar. Mis preferidas son
las moscas de la fruta; estas son sorprendentemente sofisticadas, y, aunque
solo he conseguido percibir una variedad de oscuridades, en ellas he experimentado una
actividad frenética, un silencio efervescente que palpita y las convierte en pura
energía. Su mente proyecta chispazos de placer, algo parecido a la adrenalina que
nos hace felices. En estos fascinantes insectos, nunca he descifrado un raciocinio
interpretable, pero si un prodigio neuronal que me pellizca las sienes y me
masajea el interior de la mente. Como os comento, mis favoritas son las moscas
que van a la fruta madura o fermentada; también a las verduras u
otros productos podridos que no están en la nevera. Deberíamos valorarlas más y
avergonzarnos cada vez que matamos a una.
martes, 16 de octubre de 2018
LOS NERVIOS
Los nervios que uno pueda tener para sacarse el carnet de conducir no
son los mismos nervios que se tienen a la hora de empotrar un
coche contra un banco. En principio, los primeros se presentan más sanos,
incluso son buenos y necesarios para permanecer alerta y con los cinco sentidos
en la carretera. Los segundos, en cambio, están motivados por un impulso desesperado,
y son de una naturaleza salvaje e impulsiva, sin un verdadero control sobre
ellos, porque el ánimo sufre una alteración tan brutal debido a la ira y la
impotencia que, irremediablemente, llevan a una conducta delictiva.
lunes, 1 de octubre de 2018
UNA TARDE CUALQUIERA
La anciana tenía flan en la comisura de los labios, o pudding, o había
mojado galletas en leche y eran restos blandos, o tenía la típica mugre de
vieja que se forma al hablar sola. También podía ser por el roce de su dentadura
postiza, y le había producido tanta saliva que la tenía concentrada en las
grietas profundas de sus labios. El aire viciado de la habitación tumbaría a
cualquiera, sin embargo el perro que estaba a su lado la olisqueaba y le lamía esa
roña reseca, colocando su cabeza entre sus manos arrugadas para ver si lo acariciaba.
domingo, 23 de septiembre de 2018
DOS TALENTOS
Un simple «qué tal» sirvió para que un señor que no conocía de nada volcara
sobre mí un discurso apabullante. En las barras de los bares suele haber gente
con esa facilidad de palabra. Me contó toda su vida. Me habló de su trabajo, su
familia, sus aficiones, de algunas intimidades con su señora y, sin venir a
cuento, tuvo la desfachatez de menospreciar al camarero porque sí. Toleré su conversación
asintiendo de buen grado a todo lo que me decía. Por un momento, estuve a nada
de decirle que por favor se callara. Pero aguanté. No quería parecer
maleducado.
viernes, 21 de septiembre de 2018
ACROBACIAS
Lo que hago aquí contigo no es lo que haré mañana en otras
circunstancias. Es así. La que soy junto a ti no es la que suelo ser con los
demás. A ti te muestro mi afecto con admiración y respeto. A los demás les oprimo
algunas partes de su cuerpo con movimientos insistentes de mi boca y de mis
manos, incluso de mi cuerpo. Contigo soy auténtica, más decente. Vales mucho, muchísimo,
y prefiero mil veces lo que tú me aportas. Con los demás solo practico mis
acrobacias, enjaulada en hoteles y pensiones. Nada por lo que debas
preocuparte.
lunes, 17 de septiembre de 2018
TEMBLORES
El baúl de los juguetes está cada vez más vacío. Se han ido la Barbie, su
marido Ken y las Barriguitas. No soportaban los temblores. También lo han hecho
algunos muñecos de Star Wars y los soldados G.I. Joe. Otros juguetes se han
quedado en la casa gracias a un decidido Click de Playmobil que ha pilotado una
avioneta de Lego y ha descubierto cómo el pobre edificio sufre unos terribles ictus.
Ha quedado desfigurado, torcido, prácticamente irreconocible. Solo cabe la
esperanza de que los movimientos convulsos de la ciudad vuelvan a zarandearlo
para que todo torne a su sitio.
jueves, 13 de septiembre de 2018
EL PUEBLECITO
Vagar sin rumbo y sin prisa es una nueva circunstancia para la mujer
que ya ha gastado su tiempo. Lo hace los días cubiertos de nubarrones para no asfixiarse
del aire viciado, pues siente que el cielo está más cerca cuando llueve. Ha conseguido
llegar a un lugar recóndito que huele a humanidad. Es un pequeño pueblo olvidado
que necesita a mujeres como ella; que anhelen lo eterno, sin planes ni expectativas,
y que sean capaces de contemplar su decadencia como una cautivadora puesta de
sol. Si finalmente se quedara, solo debería esforzarse en aprender a silbar
como los pájaros.
martes, 4 de septiembre de 2018
MICROBIOS
El científico estaba en su laboratorio. Pensaba que para acceder al
mundo de los microbios debía profundizar en su sexualidad. Si quería descubrir
algo que valiera la pena era preciso realizar un estudio exhaustivo de sus
mutaciones, identificar las bacterias, cultivarlas, y entender que ellas,
incluso él mismo, estaban al servicio de la biología. La investigación podía
llevarle toda la vida, de hecho ya llevaba media con un ojo tonto de tanto observar
por el microscopio. Su vocación, la gran elección de su vida, ya no le parecía
tan apasionante. A veces se arrepentía. «Vaya mierda de trabajo», se decía. ¿Qué
era un virus? ¿Y un cáncer? Lo sabía todo, pero resistirse a las infecciones
era prácticamente imposible. Los microbios estaban en todas partes y no había un
verdadero dominio sobre los microorganismos. Pero allí estaba, investigando.
Esa mañana se quitó la
bata blanca y, sin ganas de trabajar, se tumbó sobre una placa enorme de arena.
Era del tamaño de una cama y se utilizaba para llevar a cabo experimentos. Se relajó
y se acopló a sí mismo en aquella cómoda superficie. Se quedó dormido, en
trance. Al cabo de media hora, proyectó un susurro desde el estómago. Cualquiera
diría que era un ronquido. Pero nada de eso. Era una voz que reproducía los
sonidos de la naturaleza. Oscilaban graves y agudos, y, sin saber cómo, se transmitía
aquello que no vemos, los elementos invisibles que nos rodean. Lo que estaba
sucediendo no era un experimento; era un señor acostado sobre la arena, dormido,
formando un todo con los millones de partículas. Era un germen, una semilla, uno
de esos microbios capaces de propagar enfermedades, el origen de algo, una
célula, un capricho de la naturaleza que se había originado sin venir a cuento.
Un cuerpo prácticamente invisible o una insólita
desaparición. Nada. Todo.
lunes, 3 de septiembre de 2018
OTRO ORIGEN
Vivir fuera del universo origina una intimidad extraña, una soledad que
nace del interior pero que, curiosamente, no es necesaria llevarla dentro.
Fluye aparte. La sensación es incomparable, pero, sin saber ni cómo ni porqué, se
generan úlceras. Vivir alejado del cosmos es sentir otro aire, otra intensidad.
Es oír un eco que rebota en tus paredes. Es una emoción exótica donde no
intervienen los sentidos. Nunca sientes hambre. No bostezas. Vives contemplando
una negrura que chispea brillos. No hueles. Nada te roza. Flotas. Te pesan los
pies y tienes la mente muy ligera. Todo es profundo, y estás flojo como un
guante, como sin huesos. Relajado. Al principio, vivir fuera de la galaxia es muy
agradable. Quieres quedarte para siempre, y te sientes tan fuera de ti que exclamas:
«¡qué maravilloso es este origen, que extraordinario es estar en estas
tinieblas ajenas a los mundos!». No añoras las civilizaciones ni el futuro, pero
con el tiempo esa felicidad se vuelve tan inaguantable que enloqueces sin darte cuenta.
viernes, 31 de agosto de 2018
EL JUGUETE
El técnico que me arregló el calentador dejó restos; varios cables
serpenteados, hilos de cobre, pequeños tornillos y una especie de carcasa
metálica. No tiré nada. Solo limpié las marcas de suciedad que dejó. Muy pocos
trabajan fino y limpio. Guardé las piezas dentro de una caja y se las di a Diego
para que jugara a ser inventor.
Esta mañana me ha
despertado un rumor de metal. Un sonido agudo, continuado y desagradable; un
chirrido. Provenía de la habitación de Diego. Él ya no estaba. Su padre se lo
ha llevado temprano; todos los sábados tiene partido de fútbol. El ruidito venía
del interior de una caja que estaba sobre su escritorio. Se movía hacia el borde
de la mesa, y, finalmente ha caído al suelo. Era la caja donde dejé las piezas sobrantes
del calentador. Me sorprendí. En su interior había una especie de ratita que se
movía en círculo y rápido, parecía un pequeño armadillo. Al acercarme se hizo
bola y rodó por la habitación. Emitía un zumbido, un ruido punzante, molesto; como
si un grupo de personas hablaran con voz atiplada. Perseguí a aquel cuerpo
esférico por el pasillo, la cocina, el comedor, hasta el lavadero. Se movía
rápido. Allí lo acorralé. Aquel bicho metálico embutido en filamentos tenía la
apariencia de una canica del tamaño de una pelota de ping pon. Su caparazón, de
finísimas escamas, se abrió de repente, y, al acercar mi mano para cogerlo, a
través de unas diminutas alas que le aparecieron de los costados, voló hasta el
interior del termo. Aquel chasis blanco se convirtió en su refugio, en su armadura.
La caldera empezó a susurrar, a emitir ahogadas estridencias que me recordaban
el balar de las ovejas. Me asusté. Di varios golpes a la máquina, incluso
introduje la mano por los huecos inferiores y superiores. Quería sacar de allí aquella pequeña alimaña de acero. El pilotito que mantenía la llama encendida
dejó de hacerlo. Se apagó. Había tenido muchas averías y se obstruía con
facilidad, por lo que siempre estaba avisando al técnico. Los termos de agua están
mal hechos, sobre todo los de gas. Se resfrían, cogen catarros, alergias, todo tipo
de dolencias.
El ruido de tuberías que se proyectaba era parecido
a un griterío desgarrador, a una estridencia humana. Me aproximé a la abertura donde
hacía un momento salía la llamita azul propia de la combustión y, como si de
una mirilla se tratara, arrimé mi ojo izquierdo con cautela. Mi gesto se demudó
por el horror. Vi una horrible boca dentada que expelía un aliento ígneo,
abrasador. Luego grité fuego. Fuego. Y ya no recuerdo nada más. Mi marido dice
que debo acostumbrarme a cerrar la llave del gas, y mi hijo, triste por verme
postrada en la cama, me enseña su nuevo juguete, una pequeña mascota metálica que
puede enrollarse sobre sí misma.
martes, 28 de agosto de 2018
PAISAJES
Una señora desayuna en una cafetería situada frente a la playa. La luz
del sol ilumina su cara y se crea una vista bucólica, tierna. La mujer moja un
croissant en la leche y, temblorosa, se lo lleva a la boca. Luego apoya sus
manos sobre su vientre, una sobre otra, para disimular esa convulsión. Sus
cabellos son de plata, resplandecen con la mañana, y su rostro taciturno se
perfila gastado, curtido de vivencias y recuerdos. Noto cómo hincha sus pulmones.
Suspira tiempo. Sus labios se estremecen. Se aprietan. Intentan esbozar calma, naturalidad.
Un perro inquieto hace que desvíe la mirada. Veo como se acerca a una palmera.
Levanta su patita derecha y mea. Luego mueve la cola y vuelve con su amo. Todo
son paisajes. Contrastes. El horizonte brilla, la playa se llena de sombrillas,
de sombras que respiran, y yo, sentado a pocos metros de estas escenas que ofrece
el verano, me quedo con la fragilidad del ser humano, con la señora, con la profundidad
de su mirada, con esos ojos de gacela que se adentran hacia un lugar en ruinas,
lúgubre, lleno de tinieblas.
domingo, 26 de agosto de 2018
EL PERRO
Un perro lloraba con demasiada frecuencia. Sus lágrimas no mostraban
tanto su tristeza como lo desamparado que se encontraba. Su llanto se oía
tímidamente por los rincones de la casa. Sin embargo, delante de su amo fingía
cierto entusiasmo; disimulaba su desdicha. Movía la cola y le proyectaba su
admiración. Sabía cómo debía comportarse entre los humanos, aunque él era un
perro muy sensible y le resultaba difícil mantener a raya sus emociones. Su
dueño, un tipo incapaz de percibirlas, únicamente hacía lo que creía: lo acariciaba,
e interpretaba que esas lágrimas de apariencia humana solo podían ser de
felicidad.
viernes, 24 de agosto de 2018
LOS VIERNES
Los viernes disfruto de lo absurdo de nuestro mundo. Es mucho menos
doloroso que el mundo real. Ahora amanece. Es absurdo, bonito. Un sol brillante
e incandescente sale cada mañana tras la línea del mar. Yo lo disfruto desde la
terraza de esta cafetería que da a la playa. Los viernes son mis vacaciones. Es
el día que no soy de carne y hueso. Solo soy viernes. Nada. La luz recorta todo
lo que transita; hace que vea siluetas, formas, figuras animadas. Un paisaje
que ilusiona. Más o menos. A las siete de la mañana es descabellado que esta
cafetería esté abierta y que haya gente que corra por el paseo, que sude, y que
otros caminen, y unos pocos vayan en bici, incluso que algunos paseen al perro.
Es absurdo, pero a la vez tiene sentido. Muchas de esas sombras que veo no van
a ningún sitio. Solo se mueven, se desplazan de un sitio a otro. Se activan. Algo
les anima. ¿Ese estímulo lo provoca el movimiento? Yo diría que piensan en algo
superior a ellos; en un dios, en una familia. En algo por lo que darían la
vida; sus hijos, una mascota, su amante. Otros piensan en ellos mismos, en su
trabajo, el dinero, el vicio, en qué ocupar el tiempo que les queda. A medida
que voy cumpliendo años me acerco más al otoño, al borde de este viaje. Yo no
me movería de mi pueblo; en él está todo lo que necesito. Por la fuerza de la
costumbre hacemos una cosa y no otra. Yo estoy anclado. Otros no paran de
moverse. Viajan. Quieren conocer gente, otras culturas, sentirse vivos. Sin
embargo, yo premiaría a la gente que está quieta, a la que echa de menos, y
aniquilaría a los que se mueven constantemente como hormigas. Nunca he tenido
verdadera imaginación, pero ahora, sentado en esta terraza, ideo una manera
fresca que dé sentido a lo absurdo, a lo incoherente, y pienso que, como en las
casetas de feria de los pueblos, igual que cuando era un chiquillo, apuntaría
con una de esas escopetas destartaladas a los contornos que se desplazan a
escasos metros de mí, sacando la lengua y con ganas de llevarme el premio. En
verano soy un hombre tranquilo al que puede surgirle la violencia en cualquier
momento.
miércoles, 22 de agosto de 2018
HOTELES
En la hotel donde trabajo todo se pide con un «cariño mío» o un «corazón». Son las expresiones afectivas que más
usamos entre los trabajadores. Es la dosis necesaria de hipocresía para ser más
educados y cariñosos. «Buenos días, corazón. ¿Podrías traerme los manteles de
la lavandería, cariño mío?». Curiosamente, cuando hay alguna rencilla entre
nosotros también las utilizamos. «¡No te das cuenta, cariño mío, que has
colocado mal las copas!». Las palabras amortiguan cualquier situación tensa. De
hecho, cuando nos faltamos al respecto, son imprescindibles para no llegar a
las manos. «Corazón, eres un hijo de perra. Te partiré la cara, cariño mío».
miércoles, 15 de agosto de 2018
LA OLA DE CALOR
A eso de las cuatro de la madrugada, a través del patio interior, oí un
batir de huevos. No era un solo batir. ¿A esas horas, quién podía hacerse una
tortilla?, pensé. El ruido insistente del tenedor contra la loza me sugestionó.
Me asomé a la galería y, efectivamente, había luz en algunas ventanas. Sufríamos
una ola de calor. Pensé que un vaso de leche con galletas me iría bien. Abrí el
frigorífico, cogí el tetrabrik y me quedé un buen rato con la cabeza ahí
metida. Luego, sin saber cómo, me desperté algo turbado, mojando galletas en huevo
batido.
sábado, 11 de agosto de 2018
SOY LO QUE COMO
Yo a las mujeres las quiero tatuadas. La piel cruda de las que no lo
están no me dice nada. Un tatuaje bien hecho te lleva a la excelencia, a la
conexión con alguien. Yo conecto con los dibujos de dragones en la espalda,
pues interpreto que la mujer que los lleva es guerrera, épica, algo salvaje. La
piel es el escaparate de uno mismo, un lienzo que se mueve con nosotros a todas
partes. Yo soy gula, glotonería. Pecado. Y me encanta llevarlo tatuado. Mi
espalda es una mesa grabada con manjares marineros, y mis brazos son
salchichas, morcillas y chorizos. Todo bien dispuesto, como colgado, aprovechando
lo largo del brazo. Un artista tatuador ha sabido plasmar con detalle todo esto
que me llena. No es un capricho fruto de las modas o un acto de rebeldía. No. Soy
lo que como. Lo he meditado. No puede ser de otra manera. Esto es para toda la
vida. Tengo la certeza de que inyectar tinta y colorantes indelebles en la piel
es la mejor manera de proyectarnos en esta vida tan loca.
miércoles, 8 de agosto de 2018
UN TRABAJO MAL PAGADO
La joven camarera no es especialmente guapa ni simpática, pero verla
mientras sirve almuerzos a los clientes provoca en mí un sentimiento morboso. Tiene
buenas tetas y un mejor culo. Sus ojos
son de panda porque se los pinta demasiado. Los preferiría con ojeras y sin
maquillaje, castaños, verdaderos. Me imagino mi mano cubriendo una de sus
nalgas, presionándola suavemente. Sus labios rojos no hablan, nunca
dicen nada. Es callada. Se la ve tan agotada… Cuando se van los majaderos de la
mañana se sienta un rato en su silla. Ahí descansa. Cierra sus ojos y, durante un momento, se vuelve más bella. Yo la observo haciendo que leo el periódico. Entonces
su jefe sale de la cocina y se coloca tras ella. La sorprende con un casto beso
en la mejilla. Acaricia su cabello como quien busca piojos, y eso me hace
suponer que es su padre o un pariente, pero dejo de suponerlo cuando, por
encima del suéter, le soba las tetas.
domingo, 5 de agosto de 2018
LA MUÑECA
Una suciedad indeterminada del suelo se deslizó ligera como una pluma y
se posó con suavidad sobre el dorso de la mano de un señor, justo en la parte
donde se articula la mano con el antebrazo. El señor observó atento como aquel
cuerpo volátil se adhería sobre su piel blanca. Un trocito de plástico, pensó.
Sus bordes eran ondulantes, oscuros, y su forma irregular, como de chicle
aplastado. Una señora que pasaba por allí le preguntó la hora. El señor, que
estaba sentado en una aireada terraza, frente al mar, a pocos metros de la
playa, dejó de examinar aquel sutil elemento proveniente del pavimento y le
contestó. «Disculpe, no tengo hora; pero no serán más de las 19h.». A la señora
no le gustó aquella contestación. Le sorprendió. «¿Cómo que no tiene hora?», le
replicó algo molesta. «Lo que oye, señora. No tengo hora». El cielo cambiaba a
naranja y el viento tibio de la tarde seguía formando delicados remolinos a
nivel de acera. «Bueno, lo que usted diga», contestó perpleja mientras
mantenía la mirada en la muñeca del señor.
jueves, 2 de agosto de 2018
DESPERTARES
La velocidad que toma el aburrimiento es frenética cuando se alimenta
de domingos soporíferos. Al día siguiente se va despertando el tedio pegado en
el cuerpo y las descargas que se producen ese lunes por la mañana, si no se
responde a la alarma del despertador –como suele ser mi caso– son: o un platillazo
seco con la puerta o un redoble de cacerola. De nada sirve hacer el muerto en el
fango viscoso de mi cama. Se abre la persiana y arremete una luz que se clava
en los parpados y en la piel. Entonces el grito de Tarzán me advierte de que todo
debe empezar en esta selva de orangutanes. Huele a moho, a naturaleza revenida,
a un aire tan viciado que me traslada a las cloacas del día que asoma. Debo
elegir entre pensar en un trote ligero o seguir en la el sopor de la pereza; en
cantar con bostezos o en abrir el tetrabrik del porvenir que me brinda la
mañana. El cielo está más cerca cuando duermes. Ufff… Otra vez, a lo lejos,
repiquetea eléctrico un pájaro carpintero.
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