jueves, 17 de enero de 2019

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

El cuerpo inerte del ángel estaba en una posición extraña, tendido en el pasillo del hotel, con las alas replegadas. Fue un homicidio extraño, lleno de interrogantes. Antes de su fallecimiento custodiaba una habitación concreta del hotel. Algunas vidas humanas estaban protegidas por estos mensajeros de Dios.
      Su cadáver desprendía un olor insoportable, nauseabundo. El forense que vino a examinar el cuerpo siempre había relacionado la fragancia de los lirios con estos seres celestes. Los había proyectado en su mente como seres inmortales, prácticamente incorpóreos, de gran pureza, de tez nívea, bellísimos... Este se salía del estereotipo divino. Iba sin afeitar, con una camiseta de tirantes manchada con restos de comida, y los brazos tatuados con símbolos ininteligibles. No había nada de celestial en su apariencia, más bien se apreciaba la dejadez, el desaliño, la miseria, la suciedad. Su cabello era grasiento, brillaba, estaba lleno de mechas de colores que refulgían como la purpurina. Pura extravagancia. En realidad, el experto solo veía a un humano con alas; y su capacidad para volar, si la tenía, sería un don extraordinario, un milagro. La realidad de aquella situación era que aquel cadáver alado emanaba una fetidez vomitiva. El hotel se había vuelto irrespirable. Había claros indicios en su expresión facial de que había sucumbido por alguna agitación interna. Estaba mojado en sus propios orines, empastado en sus heces, ahogado en una cantidad inmunda de bilis, con los ojos inyectados en sangre, aterrorizado, como si lo presenciado no perteneciera a los mundos que él conocía. 


martes, 15 de enero de 2019

LLUVIA PODRIDA


Enseguida noto la mala calidad de la lluvia. Las nubes que la contienen llevan demasiados días en el cielo y toman un color oscuro, tenebroso. Su mal estado salta a la vista, parecen ballenatos de plomo que no soportan su peso, e intuyo que no aguantarán ni un minuto más en la bóveda celeste. Caducan cuando el aire vicia sus entrañas y dejan de ser algodonosas y ligeras. Al precipitarse las primeras gotas, uno se da cuenta de esa naturaleza defectuosa; la lluvia hiede a cenizas, a corral de gallinas, a perro sudado. Esos días sombríos me afectan. Me miro en el espejo y veo una vulgar funda en vez de un cuerpo, y observo como el mío es de constitución gruesa y lastimosa, y no me representa. Esos días de paraguas y chubasquero me quedo en casa, pensativo, evocando junto a la ventana los paisajes de mi memoria. De cuando fui trapecista en un circo que pretendía hacer su mayor espectáculo con un enorme elefante que vivía en el interior de un camión destartalado, sin una claraboya que se abriera al cielo. De cuando el domador le atizaba con el látigo y el paquidermo pisaba el suelo sin descansar su peso, sintiendo el miedo cuando los niños aplaudían. Eso lo percibo ahora. Entonces, vivir en aquel circo, era como estar entre bambalinas todo el día; como flotar en el mundo y no sentirse de ningún sitio; era pertenecer a lugar indefinido, irreal… maravilloso. Mis ojos obviaban lo importante de las cosas, solo veían lo externo, la línea que dibuja los contornos. Mi mirada era joven, sencilla, desprovista de profundidad y de la capacidad para ver más allá de lo evidente. Ahora, cuarenta kilos después, distingo mi tristeza, mi deformidad, mi decadencia; y me viene toda de golpe, arrastrándome en la soledad de esta casa cuando, sin saber muy bien por qué, respiro la calidad deficiente de la lluvia.   

viernes, 11 de enero de 2019

CONDUCTAS DEL MAL


El estado de su alma se vuelve viscoso. Se pega en la concavidad de sus costillas y en la parte posterior del esternón. Su corazón se desplaza a la derecha, y el hueco que deja se llena de pequeños agracejos negros que van explotando como petardos. Ella permanece quieta, insensible, deja que el prodigio avance. Experimenta una inmersión en su mente, en un pequeño océano, y adopta los colores de su espiritualidad. A través del yodo que imagina en la densidad de ese líquido y de sus órganos se establece un equilibrio místico que la transforma en un cuerpo vibrante y maligno. Exenta ahora de espíritu, y apta para no sentir culpa, se siente atraída por las conductas perversas y los objetos punzantes.

jueves, 10 de enero de 2019

EL SÍMBOLO AMARILLO


Al final, el grupo más aguerrido decidió engalanarse un pequeño lazo amarillo en la solapa de la chaqueta –¡sí, amarillo!– y manifestarse por las calles de la ciudad sin reparar en las consecuencias. El bloque, distinguido con aquella pequeña insignia a la vista de todos, irrumpió en una concurrida avenida golpeando en las retinas de los viandantes. El color penetrante que irradiaba aquel lazo obligó a los más extremistas a taparse la cara; sus ojos se abrasaban como cuando se observa al sol directamente, y se retorcían de dolor porque, además, el cráneo se les deformaba por dentro. La agonía solo duró unos segundos, pero fue suficiente para darse cuenta del poder devastador de aquel pequeño símbolo amarillo.

viernes, 4 de enero de 2019

FECHORÍAS DE UNA BIBLIOTECARIA (II)


Mi trabajo de bibliotecaria es silencioso y me permite hacer muchas cosas. Cuando me canso de catalogar libros hago un parón y leo, otras veces escribo, otras escucho música en mí mp3 y, desde hace unas semanas, me dedico a preparar combinados. Esos días que me da por la coctelería voy algo más cargada al trabajo. Ayer mismo en mi mochila dispuse una copa de balón, una botella de Beefeater y otra de tónica Schweppes –son mis marcas preferidas–, un par de limones y una bolsa de hielos dentro de otra especial para mantenerlos refrigerados. Un Gin tonic es algo más que mezclar ginebra con tónica; así que tengo en cuenta una serie de pautas básicas para que el cóctel esté en su punto y sea apetecible. Es imprescindible que el hielo sea compacto y de calidad; que no sea del grifo, ya que el cloro puede «matar» el sabor del combinado. Ah, y nada de vasos estrechos o de tubo, la ginebra no es capaz de expandirse. A mí me gusta deslizar la corteza de un limón (que he cortado previamente con una pequeña navaja) por el borde de la copa y luego la dejo sobre el hielo con la idea de perfumarlo. La ginebra debe servirse en su justa medida. Para mi gusto: una parte de Beefeater por dos partes y media de tónica Schweppes. Nada del zumo ni la pulpa del limón, eso elimina el carbónico y lo chispeante de la bebida. Es esencial que no se rompan las burbujas. Se consigue vertiendo pausadamente la tónica sobre la pared de la copa, aunque yo uso una cucharilla mezcladora, es mucho más profesional y se logra el efecto deseado a la hora de mezclar destilado y refresco . Muchas veces, el agradable sonido de la efervescencia es lo único que se escucha en la biblioteca, y yo me siento privilegiada de tener el trabajo que tengo.

miércoles, 2 de enero de 2019

FELIZ ODIO NUEVO


Odio los trabajos que no poseen nada de nuestros hobbies, de nuestras pasiones; odio muchas cosas de la vida, también a mucha gente. Es humano. Siempre he buscado culpables para canalizar mi odio. El fútbol es una de mis vías; también la televisión y la política del día a día. Es fácil buscar en lo bucólico algo que me produzca náuseas, por eso odio la Navidad. Me centro en aquello que es vomitivo y lo convierto en otra cosa. La fabulación me da sentido. Lo hago con un papel y un lápiz, dibujando; o capturando ideas en mi móvil que luego traslado al ordenador, escribiendo. No soy un escritor puro, ni un dibujante puro… Pienso que es absurdo serlo; no me gustan aquellos que van de puros en lo artístico o lo creativo. Pierden su gracia (y mi interés). No odio ser creativo. De hecho, aplaca el carácter insoportable que tengo conmigo mismo. Mis mundos parten del odio (aunque uno pueda ser un tipo afable y bonachón). Agudizo mi mirada en la gente que fuma, en los cigarrillos, en el asqueroso humo que exhalan; imagino sus pulmones negros, bultos malignos, el cáncer, la muerte…Todo eso, y más cosas, son mi inspiración. Sé que no voy a inventar nada, pero me esfuerzo en crear arte de aquello que aparentemente no lo es.

viernes, 28 de diciembre de 2018

LA EXTINCIÓN


De lejos, todos los seres humanos son iguales. Es al aproximarme a ellos cuando puedo captar sus diferencias; incluso en estos dos especímenes idénticos sentados frente a mí en el metro. Los llaman gemelos. En realidad, aquello que los diferencia de verdad es invisible, está en su cerebro y en una dimensión compleja que los humanos denominan alma. Aparentemente, estos dos tipos están tristes, pensativos. Por su indumentaria, deduzco que vienen o van a jugar al tenis. El que lleva camisa y jersey de pico negro es frío, apático, y está preocupado por sus dientes. Se acostumbró a estar sin ellos, pero desde que le hicieron la intervención para implantárselos se siente muy incómodo; nota su boca atiborrada de dientes. El otro, vestido con chaqueta de chándal, es más emocional, siente que no pertenece a este mundo. Odia los globos que explotan en las fiestas infantiles cuando no lo espera. Es capaz de matar. Dos tipos iguales pero muy diferentes. Nada ejemplares. Me dan lástima. Por lo que les queda de vida todo debería importarles un bledo.

viernes, 21 de diciembre de 2018

PERDERSE EN EL TRAYECTO


La mujer que cogía todos los días el bus para ir al trabajo sabía que lo más sensato para que todo avanzara con normalidad era amar a su marido y disfrutar de la vida familiar con sus hijos. Dedicar su tiempo a eso era lo más sano; pero el tiempo que transcurre desde que nacemos hasta que morimos no está hecho para ser cómodo, y a ella le resultaba imposible practicar la indiferencia cuando algo le bullía por dentro cada vez que levantaba la vista hacia el retrovisor interior y comprobaba como su mirada se cruzaba con la del chófer.

jueves, 20 de diciembre de 2018

EL REY DE LAS AZOTEAS


Estoy enamorado de las azoteas de los edificios porque se enlazan entre sí y forman un suelo en las alturas, un entramado caprichoso de caminos encubiertos. Deambulo por esos límites para sentirme en otro lugar; cambio de aires y respiro una atmósfera limpia que no está viciada por el tufo de las calles. El paisaje de los tejados se llena de ropa tendida –me encanta hundir la nariz en las sábanas cuando están recién lavadas–, de calentadores solares, de pararrayos, de antenas y parabólicas, de cisternas, de columnas, de chimeneas humeantes, de balaustradas, de conductos de todo tipo… Es un lugar casi futurista, y, en mis largos paseos, cuando me desoriento o me pierdo me asomo a la calle y enseguida determino dónde estoy –«Ah, mira, estoy entre la calle tal y tal»–. He descubierto un trayecto que me lleva directo al trabajo: salto algunos muros, desciendo por una escalerilla metálica verde, paso por una viga de hierro que hace de puente entre dos bloques y me sitúa en un techo inclinado de tejas rojas donde hay una claraboya. Accedo por ella y «voilà», ya estoy.
   Dominar las azoteas es conocer las intimidades de tus vecinos. Sus vidas se suceden en cada planta, en cada vivienda, en cada habitación, y yo, a través de los patios interiores, encuentro la felicidad con sus historias, que arrojan voces, privacidad e impensables secretos.

martes, 18 de diciembre de 2018

EL CONCURSO

Me encanta la idea de que antes se pagara a una señora para que llorara en los entierros. En San Juan del Río, en el estado de Querétaro en México, se celebra un moderno concurso de plañideras dentro del festival Anual del Día de los Muertos. Estoy tentada en presentarme. En casa, siempre que me siento sola, exagero mi tristeza y teatralizo lamentos, suspiros y gemidos varios. Me dispongo ante el espejo y, a través de movimientos compulsivos, produzco inspiraciones bruscas y entrecortadas que son idénticas al llanto. Luego, esos sollozos, si están bien ejecutados, los intercalo en un discurso lleno de frases conmovedoras. Únicamente me falta producir lágrimas. Para ello, es básico mantenerse bien hidratada y que el organismo contenga el agua suficiente. Acostumbro a practicar con las películas en las que la actriz o el actor lloran. También recurro a pensar en cosas tristes: me imagino indefensa ante vejaciones; visualizo perros y gatos aplastados en la carretera; recuerdo impactantes imágenes emitidas en televisión de niños azotados por la miseria; pienso en las penurias que deben pasar los pobres inmigrantes que viajan en patera; revivo la angustia de mi padre durante su dura enfermedad, cómo se iba apagando y se convertía en cadáver… Nada de eso me funciona. No me ablando; y no consigo que mis ojos luzcan llorosos. Necesito ese plus para que mis dramas sean redondos. Quiero dar lo mejor de mí; así que si no es este año me presentaré el otro.

domingo, 16 de diciembre de 2018

DESEOS QUE DESCALABRAN


Esta mañana, durante treinta minutos, he sido gallina. He picoteado frutos secos y cereales en el suelo y he incubado la ropa sucia taponando el bombo de la lavadora con mi trasero. Mi papada se ha convertido en una protuberancia roja, un lóbulo flácido de carne muerta que colgaba y se agitaba al son de mi cacareo; mi cabello ha adoptado la forma de una cresta de varias puntas, igual de roja. He sacado pecho y mi torso se ha vuelto gallináceo, se ha cubierto de plumas blancas desde el cuello hasta el final de mi espalda. Los sábados, desde la cama, son los mejores días para pedir deseos. A mí se me ha concedido el mío, y con solo media hora he tenido suficiente para hacer lo que hacen estas curiosas aves. Incluso me he lanzado desde la ventana para comprobar si es cierto eso de que no pueden alzar el vuelo. 

viernes, 14 de diciembre de 2018

HACERSE UN PENSAMIENTO


Charo, querida, desde que llevo dentadura postiza me da por contar las veces que mastico cada alimento. ¿Puedes creerte que cada bocado que doy lo mastico treinta veces como mínimo? Estoy obsesionada. Además, cada cosa tiene su masticar. No es lo mismo masticar un melocotón que un muslo de pollo o una pizza. Mis mandíbulas adoptan una posición determinada según el tipo de comida; y su movilidad es inestable, hacen un juego extraño y parece que vayan a desencajarse. Lo peor es comer gominolas; ya sabes lo que me gustan… Sangro y todo. ¿Puedes creerte que un simple osito de fresa he de masticarlo cincuenta y ocho veces? Imagínate lo que supone comerme un entrecot poco hecho o al punto. Tengo una ansiedad que no me la acabo. Ay, Charo… Ayer, tras beberme dos botellas de sidra el Gaitero, cogí mi Vespa, e iba tan borracha que al parar en un semáforo en rojo no sabía si podría aguantar la moto entre mis piernas. ¿Te das cuenta lo que supone pasar las sesenta y cinco primaveras? ¿Te haces un pensamiento?

jueves, 13 de diciembre de 2018

OLOR A HUMANIDAD


Soy capaz de oler las humanidades contenidas en este vagón carente de aire acondicionado. Gracias a Dios, el joven sentado a mi lado huele bien, a jabón de lavanda. Mientras viajo, desde mi ubicación–coche: 7, plaza: 18 A–, puedo advertir cada uno de los efluvios aromáticos que se liberan. Huelo a manos sudadas; el tufo de algunos sobacos; la emanación mentolada del Vicks Vaporub que alguien se ha aplicado; el humo impregnado en algunas prendas; olisqueo las puntuales ventosidades; las pérdidas de orina y el flujo vaginal; también el semen; la fragancia de una chocolatina; el aroma a café que alguien se toma; huelo la miga de pan de algún bocata; la fragancia de un plátano maduro; un tupperware con comida, creo que es paella; huelo las cremas hidratantes; los perfumes florales y las lociones para después del afeitado; el olor a pies; los alientos punzantes de las conversaciones… El revisor entra en el compartimento, y justo al abrir la puerta, dispuesto con el aparatito de marcar los billetes, llega a mi sensible olfato un potente hedor a fiambre. Curiosamente, también huele a sangre y a pólvora.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

UNA MUJER CASI VIUDA


Malena era una mujer casi viuda, por eso anunciaba con cierto cinismo su estado civil a los hombres del pueblo, por si era de su interés. Podría decirse que esta singular mujer no era un ser espiritual. No se percibía ni rastro de su fe ni de sus creencias, y en su inteligencia no se mezclaba la compasión ni la ternura. No era cercana, imponía respeto, y todos la veían como una mujer fría y calculadora. La gente del pueblo veía en ella a un ser cruel, vengativo, paradigmático, con dobleces, de una naturaleza que no irradiaba buenas vibraciones. Sin embargo, esos atributos inherentes a su condición no eran del todo culpa suya. Se protegía tras esa apariencia dura y repulsiva porque no sabía cómo gestionar el estado moribundo de su marido. Nadie lo sospechaba, pero la insólita insinuación a los varones no era más que un miedo atroz a la soledad.

viernes, 7 de diciembre de 2018

EL CONTENEDOR G


Somos funerables. Todo lo es. Así lo creía el señor que sacaba tiempo de donde fuera para celebrar ceremonias fúnebres. Le apasionaban. Era tétrico y misterioso, aunque muy creativo, y prefería los entierros a la incineración. En su granja dedicaba parte de su tiempo a oficiar sepulturas. Contrataba a plañideras para los velatorios, ornamentaba las veladas con coronas de flores y, con su oratoria, ensalzaba el recuerdo de aquellas almas. Lo tenía todo muy bien organizado. Bajo tierra enterraba las frutas y las verduras que se le podrían en el frutero, además de todo tipo de alimentos caducados de la nevera y la despensa; los juguetes rotos o antiguos que ya habían hecho su función los almacenaba en pequeños nichos; también lo hacía con los electrodomésticos y los muebles, aunque los sepulcros de estos eran algo más grandes. Todos los objetos que expiraban, en realidad, los almacenaba en hornacinas que él mismo había construido en su casa de campo. En esas cavidades sagradas colocaba pequeñas ofrendas para recordarlos durante toda su vida. Algunos cadáveres, debido al hedor y a su volumetría, los tenía ubicados fuera, en el establo, en contenedores clasificados por orden alfabético. La parcela donde vivía era un lugar cercado por altos muros, hermético, sombrío, plagado de pequeñas cruces clavadas en la tierra; una especie de camposanto, un terreno sagrado destinado al descanso eterno de todo aquello que tuviera presencia. Hace unas semanas, el amante de todo lo necrológico realizó sepultura al único gallo de su corral. Su cacareo era inoportuno, molesto, pues cantaba durante la madrugada y paraba al alba; tenía los biorritmos alterados. No podía descansar, así que tuvo que sacrificarlo
    Las exequias del animal se celebraron unos días después de su muerte en el contenedor G.          Descanse en paz.

martes, 4 de diciembre de 2018

LA VISITA


Hoy ha venido a verme una mujer que no conozco. Se ha detenido ante mi pequeño altar tallado en mármol y ha dejado una rosa de plástico. Se ha santiguado y ha regurgitado una flema con todas sus fuerzas para escupirla en mi fotografía. Luego, con un brillo extraño en sus ojos, ha recordado en voz alta algo horrible que hice. Me ha sorprendido; pensaba que no lo sabía nadie. Al parecer, aún no se me ha perdonado por mis pecados.
     Cuando nos llega el final y descubrimos las claves del mundo, el misterio que nos plantea la muerte mientras vivimos queda resuelto al momento. Lo que hay tras ella –ahora puedo decirlo– es más existencia, mucha más que muerte. Os lo aseguro. Y, en realidad, desde donde me hallo, resulta más enigmático y desconcertante responder a quién es esa mujer que ha venido a verme que qué hay cuando morimos.

lunes, 3 de diciembre de 2018

FECHORÍAS DE UNA BIBLIOTECARIA


Una mujer harapienta y descuidada viene habitualmente a la biblioteca. Cuando entra, con su caminar tambaleante e impreciso, deja los libros que ha leído sobre el mostrador y, en apenas unos minutos, selecciona algunos más. Suelen ser libros de historia. Los devora. La bibliotecaria, que siempre resopla cada vez que viene, registra las nuevas adquisiciones y hace evidentes esfuerzos por mostrar normalidad y tolerarla. Desde mi sitio percibo todo eso. Pienso que la mujer andrajosa lee mucho y debe ser bastante culta, y que su vida la ha llevado por extraños derroteros; es evidente que sufre algún tipo de desorden. Sin embargo, también lo pienso de la bibliotecaria cuando, impulsivamente, tras marcharse la pobre indigente, rocía de colonia la biblioteca, dejándonos claro a todos que la mujer apesta.

viernes, 30 de noviembre de 2018

POR NO PAGAR


Estoy en casa, tranquilo, haciendo un ovillo con mis intestinos. Concretamente con el más largo y fino, el delgado. Me daría para hacer una bufanda o un gorro, o un lazo corredizo. Llevo sacados cuatro metros y sigo desplegando las dobleces membranosas alojadas en mi cavidad abdominal. Una brecha en el ombligo permite que vaya estirando las vísceras sin notar el dolor; apenas unas cosquillitas. Es curioso todo lo que tenemos metido en nuestro interior. Hace unas semanas, llegué a un pacto con la muerte, sí, de otra forma no podría hacer lo que estoy haciendo, y quedamos en que seguiría viviendo si yo le entregaba mi esencia, mi corazón. Me tiré de un taxi en marcha por no pagar.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

FINALES ÉPICOS


Es deprimente que los humanos tengamos un final tan marcado desde que nacemos. La inmortalidad debería ser una alternativa para las almas que lo merezcan. Pero eso es una aspiración que no se contempla en nuestra naturaleza, es utópica, imposible, y muchos, atormentados por las adversidades de la vida y conocedores de que tarde o temprano van a morir, prefieren sentir que controlan algo adelantándose a este desenlace. Es una pena, pero es así, Los que no soportan esas desgarradoras dentelladas en su alma se suicidan sin más, sin valorar nada y sin decirlo a nadie. Luego hay otros que, a pesar de su tormento y poseer sus razones para dejar de respirar, lo anuncian a los cuatro vientos y buscan un final más épico y vistoso. Es en ellos donde los profesionales que tienen acceso a los medios de comunicación deberían ir tras la heroica revelación. Sería idóneo narrar y dar a conocer la originalidad y la emoción del acontecimiento, y retransmitir esa acción como quien retransmite un partido de fútbol, dando el énfasis que se precise para que la fascinación del resultado nunca caiga en el olvido.  

lunes, 26 de noviembre de 2018

ALZHEIMER


La señora que empezaba los libros por la mitad creía que así se adelantaba al tiempo. Prefería imaginar los inicios y ser libre en sus interpretaciones. Con las películas hacía lo mismo; las empezaba desde la parte central y rellenaba el origen con su fantasía. Tenía esa costumbre. Curiosamente, desde hacía un tiempo, su zona de confort se atascaba en los ángulos muertos de su mente. Ni leía ni veía películas. Perdía la memoria progresivamente, pero se la veía feliz. Se sentaba junto a la ventana, sumida en cientos de páginas en blanco e imaginaba la narración de su vida.