viernes, 3 de abril de 2020

AHORA QUÉ, HUMANOS


21ª crónica de un confinamiento improvisado


Hace un tiempo una enfermedad invisible apuntaba mi sien con un revolver. Lo hizo cada día durante un año. Y me advertía: te voy a disparar en cualquier momento y vas a caer. Yo intentaba sonreír pero no podía. Era un estado agotador. No vives. Sobrevives. Me acostumbré a sufrir en una parte de mi ser y a seguir creando en otra. No sientes ni aceptas lo que haces, y da igual que te dediques a lo que siempre has deseado. El reto era controlar la amargura psicológica y el dolor emocional sin intuir dónde estaba la fractura. Ojalá tuviera una pierna rota, me decía. Pero eso ya pasó. Hubo una solución que, evidentemente, no solo estaba en mí. Todos tenemos dos hemisferios que conviven. Y estos son más evidentes si una pandemia nos obliga a quedarnos en casa encerrados.   
Hoy me he levantado con ganas de escribir un poema, de atreverme con la poesía, por qué no, ya no tengo tanto miedo a las palabras como antes. Son medias verdades que si se juntan adecuadamente conectan con un tercer hemisferio o cuarto o quinto, y, si la combinación es sugerente, se convierten en pura magia.
Oigo a las ocas desde mi casa, incluso con la ventana cerrada. Graznan con la voz del diablo. Se ríen. Ese podría ser el tema del poema. Unas aves que se cachondean de lo que nos pasa a los humanos. Se pavonean por las calles sin ser pavos y se sienten las reinas del territorio. Ahora lo dominan todo y se presagian como los verdaderos habitantes del pueblo. Van por la carretera, por el asfalto de líneas discontinuas donde deberían circular los vehículos, haciendo sonar el claxon vulgar de su ruidosa risa. ¡Cua-cua-cua! Sacan pecho, estiran sus cuellos y mueven violentamente su plumaje. Farfullan encaradas a la gente que está asomada en los balcones y las ventanas, como si quisieran decirles: ahora qué, humanos.  

jueves, 2 de abril de 2020

TODO IRÁ BIEN


20ª crónica de un confinamiento improvisado

Ayer no pude contarlo todo. Diluvió. Fue un día horroroso, casi distópico. El portal se anegó y algunos vecinos tuvimos que achicar el agua con cubos. La mayoría bajamos en batín y pantuflas y acabamos con los pies empapados. Cuando acabamos, los del tercero, cuarto y quinto subimos a nuestros respectivos apartamentos por el ascensor. La placa informativa que indicaba la capacidad máxima que podía soportar el elevador era de seis personas –cuatrocientos cincuenta kilos–, nosotros éramos cinco, pero estos días que se come más de la cuenta, al parecer, fue suficiente para que la mala suerte recayera sobre nosotros. Nos quedamos atrapados hasta que la puerta se abrió por si sola. Estuvimos hablando y gritando un buen rato en un espacio bastante reducido, y puede que ya tengamos el bicho dentro y estemos infectados.
Luego fui a comprar. Tengo una amiga que trabaja en una verdulería a pocos metros de casa. Le hice una videollamada para que me mostrara el género que tenía en la tienda. Suele tener unos melocotones preciosos, igual que las peras y las manzanas, además de una excelente selección de verduras de temporada. Qué fuerte. Ya no quedaba prácticamente nada. Grabó cada estante con su móvil para que pudiera comprobarlo y, al final, solo pude comprar una bandeja de champiñones, brócoli y un par de palosantos.
Llegué a casa y me hice la comida. Fideuá con brócoli y champiñones. Tenía buena pinta. Eso pensé. Así que, orgulloso de mi plato, lo subí al grupo de WhatsApp que tenemos los amigos. Pensé que valorarían mi creación. Error. No tuvieron piedad. Recibí críticas por todos lados. Todas sarcásticas, burlonas, crueles, escritas con sorna y alabando irónicamente mi talento para la cocina. Nadie dijo nada positivo. La pantalla se llenó de emoticonos con caras vomitando y mierdas con ojos, y nada de manos aplaudiendo. Me dolió. No tuvieron ni pizca de condescendencia. Me trataron fatal, fueron incisivos, despiadados, hirientes, y eso afectó a mi sensibilidad de artista. Incluso uno de ellos, el que todo lo sabe y, por norma, todo le parece mal, amenazó en compartir mi guiso con otros grupos para chincharme. Mi receta no era tan descabellada, puede que no sea la más convencional cuando se habla de una fideuá, pero, joder, estoy confinado en casa y necesito combinar cosas para tener la sensación de que invento algo.
Ayer viví las horas del día con ansia. Tampoco oí aplaudir a la gente desde sus balcones. Siguieron sumándose los muertos y, por la tensión que se está respirando en los informativos, aprecié que los políticos tampoco están unidos en esto. Sin embargo, a pesar de las calamidades, la primavera ya está aquí. Así que decidí meterme a fondo en el cambio de armario. El día no fue negativo del todo. Me apareció la vieja chupa de cuero en una caja. La examiné con cierta nostalgia y, en el bolsillo interior, encontré una foto de mi antigua novia y un billete de cinco mil pesetas de las de antes. Algo es algo. Hoy nada. 

miércoles, 1 de abril de 2020

EL CAMBIO


19ª crónica de un confinamiento improvisado

Un buen bigote pide trabajo, constancia, un cuidado especial y una larga espera. Puedo volcarme en eso mientras dura el confinamiento. Dejaré que me crezca. 
  He acabado de convencerme esta mañana al observarme frente al espejo, paralizado ante la sensación de querer estornudar y no poder hacerlo. Es inquietante cuando eso pasa. De golpe, la convulsión se frena y no podemos arrojar el aire que hemos inspirado de manera involuntaria, como si una leve corriente de aire entrara por las fosas nasales y quisiera hacer coquillas a las mucosas. La cuestión es que, durante esa breve e incómoda interrupción, he visto como mi labio superior se llenaba de pequeños pliegues. La edad no perdona y nos llenamos de imperfecciones y de arrugas, y más en esa zona orbicular tan sensible a contraerse. Son las patas de gallo de la boca. A la hora del crecimiento del vello, la barba y el bigote deben ir siempre de la mano, el uno sin el otro no tiene sentido. Si por mí fuera solo me dejaría el mostacho, pero es imposible. Trataré de buscar un diseño que vaya con mi personalidad. Hay muchos tipos. Bigote inglés, bigote francés, bigote en herradura, bigote rizado, bigote de cepillo, bigote ruso, bigote Fu manchú, bigote Dalí, bigote Cantinflas… Quiero que sea frondoso, tupido, con mucho pelo. Si todo va bien podré lucirlo a finales de junio, antes de que llegue el verano. Debe ser un bigote moderno, carismático, para personas seguras de sí mismas que buscan hacer notar su presencia, y, por supuesto, que cubra las evidentes estrías formadas por el paso del tiempo. Así, cuando acabe todo esto del coronavirus habré cambiado y la gente que ha pasado meses encerrada podrá admirar mi nueva imagen.  

martes, 31 de marzo de 2020

ZIHUATANEJO


18ª crónica de un confinamiento improvisado

Sigo comprobando si hay cartas en mi buzón. Supongo que es la costumbre. Bajo al portal, abro el apartado y lo palpo. No hay nada. Luego lo cierro y subo las escaleras de dos en dos. Hace frío y llueve. Esta noche he soñado que se me deshacían las manos de tanto limpiármelas. Me las froto y le doy al play de mi reproductor. Tengo preparada la Sinfonía Fantástica de Berlioz, op.14. Me inspira. Ha de hacerlo. Escribo sin cortapisas, sin pensar mucho; ya corregiré después. Es un ejercicio automático de escritura que hace que mi cerebro conecte con las manos y estas con el mundo. Conectar con la realidad ahora es complicado. Vaya tiempo vivimos. Ya no se va al trabajo; al menos los que no tenemos una tarea esencial. Demasiados muertos. La cosa no pinta bien. Por eso aprovecho la música, para que me guíe, para construir nuevos paisajes en mi cabeza: prados de colores, sensaciones primitivas, expresiones fantasmagóricas, matices que invoquen la fuerza, figuras humanas que bailen al son de un terremoto. Qué sé yo. Lo que sea. Una banda sonora que resuene en las paredes de nuestra conciencia ha de permitirnos soñar. Tim Robins lo conseguía en Cadena perpetua interpretando a Andy Dufresne, un banquero acusado falsamente del asesinato de su mujer y condenado a cadena perpetua en la prisión de Shawshank. Recuerdo que ese año Forrest Gump se llevó todos los galardones de la Academia de Cine, pero, aun así, este clásico carcelario, por alguna razón extraña, fue ganando popularidad y, a día de hoy, veintiséis años después, sigue siendo una de las películas más aclamadas por el público y la crítica. El protagonista, un joven Tim Robins, soportaba mejor los días en la prisión con la Canzonetta Sull’aria de las Bodas de Figaro de Mozart en su cabeza. Otra de sus fijaciones era «Zihuatanejo», un pequeño pueblo en la costa mexicana del Pacífico, y una alentadora  frase que repetía a su amigo Red (Morgan Freeman): «empeñarse en vivir o empeñarse en morir». Ante la frustración y la decepción, qué lógica puede más. ¿Resignarse o soñar?
Sigo con la Sinfonía Fantástica de Berlioz. El sonido de las trompas me eriza el vello y me lleva a imaginar a un gorila en la penumbra que se mueve con agilidad al son de las melodías. Parece una pluma. Se viene arriba con los crescendos y se apaga con los diminuendos. Crea belleza. ¿Y qué somos los humanos? Pues eso. Frágiles plumas en el cuerpo pesado de una bestia que quiere abarcar al mundo. Pero eso ya no toca. Nunca ha tocado. Sin embargo, igual que Andy Dufresne en este magnífico film, cuando las cosas se tuercen, hay cosas a las que la gente necesita aferrarse. Yo lo hago a la música y a las formas divinas que últimamente adoptan las nubes. 

lunes, 30 de marzo de 2020

MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN


17ª crónica de un confinamiento improvisado

Lunes. Muerte y transfiguración, op.24 de Richard Strauss. Este poema sinfónico representa la muerte de un artista. Se palpa la tristeza en su sonoridad sin caer en la decadencia. Esa emotividad hace que acceda a la sensibilidad y al enternecimiento que suscita la composición. El artista yace moribundo y los pensamientos de su vida pasan por su cabeza: la inocencia de su infancia, las luchas de su hombría, la consecución de sus metas mundanas; y al final, recibe la ansiada transfiguración: el alcance infinito de los cielos. Siento el peso de la trascendencia y el aire tenso y melancólico de la música. Es una magnífica versión de la Filarmónica de Berlín, dirigida por Kirill Petrenko. Últimamente, en casa, la belleza y el arte me sorprenden por la espalda. Caliento agua en una olla. Sigo aseándome en la palangana. El fontanero dice que vendrá cuando pueda. No importa si no viene. Podría lamerme como un gato. Estoy preparado para lo que venga. Hace dos años no podía escuchar música. Me moría. Si lo hacía me hundía aún más en las arenas movedizas del desánimo y la desesperación. Hay que estar bien para escuchar y sentir la música. Su grandeza, por inverosímil que parezca, está en la matemática de cada nota y en su interpretación, ya que, milagrosamente, trasciende en tantas subjetividades como escuchantes. La percibo excelsa porque encajo en mi cuerpo. Y justo ahora, cuando el mundo grita y se queja del daño que le hemos hecho, me sorprende en cuclillas, encogido ante una palangana dando zarpazos al agua caliente, feliz, creciéndome un monumento en el alma que electrifica mi piel. 

domingo, 29 de marzo de 2020

VIVE COMO PUEDAS


16ª crónica de un confinamiento improvisado

Esta mañana he bajado las persianas de mi casa para vivir en la oscuridad. No quiero estar expuesto más tiempo a la luz diurna. Me pesa tanto ver siempre lo mismo. La falta de luz no ha sido un problema ya que las pupilas se adaptan fácilmente a los cambios de visión. He pensado que si he de permanecer recluido en este piso falto de balcón y sin ventanas que den a la calle, opto por sentirme libre en una atmósfera distinta creada por mí, aunque sea lóbrega y recuerde a una noche sin luna. Me he movido con soltura porque sé dónde tengo los pies y las manos y soy conocedor del lugar donde están las cosas. No obstante he creído apropiado encender algunas velas para dar un ambiente íntimo y cálido a esta nocturnidad casera. No lo he conseguido. Más bien el efecto contrario: un aire misterioso y tétrico más afín a las noches que albergan monstruos. El nimio resplandor de las velas ha conseguido que la ropa que he dejado sobre el respaldo de la silla adoptara la forma retorcida de un jorobado y apreciara esperpénticas siluetas en las paredes y el techo. En fin. Que voy viviendo como puedo, aunque sea terroríficamente.

sábado, 28 de marzo de 2020

EL PORVENIR


15ª crónica de un confinamiento improvisado

Empieza un nuevo día. Una repetición del de ayer. Un déjà vu forzado y delirante que se manifiesta como un bucle. Es sábado. Hace un día soleado, estupendo para salir pero no podemos. La gente empieza a desarrollar otras dolencias. La ansiedad. Yo estoy tranquilo. Observo el plafón pegado al techo mientras decido si levantarme o estar un rato más en la cama. Es curioso pero nunca me había fijado en la simpática expresión de  la lámpara. Las dos bombillas del interior parecen dos ojos y le otorgan una mirada. Me siento observado por este foco del techo. El día me pesa. Deseo perder de vista las costumbres de estos días que son calcos del show de la tristeza. Y tengo la mano derecha dormida. El típico hormigueo. La pellizco y no la siento. Está anestesiada, hinchada, como si no me perteneciera. La observo y su aspecto es idéntico a la otra. Aparentemente está bien pero la noto como un guante inflado, como si su carne fuera de silicona o estuviera muerta. Seguro que ha sido al dormir sobre ella toda la noche. No me late, ni tiene esa leve vibración cuando tirita. La sangre debería activarla poco a poco y convertirla en una extremidad viva. Pero no puedo moverla. El cerebro ya debería tener el control sobre ella. Sin embargo, tengo la sensación de que algo se mueve y avanza lentamente como una lava espesa, pero ese fluir no lo siento ni en mi palma ni en mis dedos, sino, más bien, a lo largo del antebrazo. Ay, todo son malos augurios. Ahora resuena la cisterna del váter, sus cañerías. La garganta del inodoro me brama a través de su agua estancada. Canta algo ininteligible, grave, lúgubre. Es el ruido apagado de una bestia de loza blanca. La versión del mundo está en mi cuarto de baño y, a través de sus ruidos, intuyo que trata de decirme algo. ¿Estará anunciándome el triste porvenir que nos espera? Voy a levantarme y a sacar lo mejor de mí para alimentar su espíritu nauseabundo. Luego me limpiaré con la mano hábil y diestra, la que está despierta. La otra sigue dormida. 

viernes, 27 de marzo de 2020

EL COMUNICADO


14ª crónica de un confinamiento improvisado

Hoy ha saltado la alarma en mi escalera por un controvertido tema que no es menor. Soy consciente de que la situación de ansiedad y malestar a la que nos sometemos nos sobrepasa a todos. Las medidas tomadas por el gobierno son duras pero es conveniente hacer caso a las pautas que nos marcan para frenar la pandemia ocasionada por el virus Covid-19. No me gustaría excederme en mi decisión pero, como responsable de esta comunidad de propietarios a la cual pertenezco, no puedo dejar pasar por alto una grave negligencia producida en la azotea comunitaria por parte de algunos vecinos incívicos que son dueños de mascotas. Es por ello que, al ser nombrado en Junta Extraordinaria, el martes día 3 de julio de 2019 a las 21 horas, como el nuevo presidente de las cinco Comunidades de Propietarios que forman el bloque, me veo obligado a tomar cartas en el asunto. Somos varias las escaleras que compartimos la zona común destinada a tender la ropa, y, aunque el miedo esté instalado en nosotros, no puedo tolerar que algunos vecinos decidan pasear a su perro por el tejado comunitario en lugar de hacerlo por la calle. No entiendo qué tipo de personas son las que ven defecar a sus mascotas y luego no tienen la decencia de recoger lo que han dejado. Quiero pensar que es de un perro porque por el tamaño de las deposiciones bien podrían ser de cualquiera de nosotros. Es asqueroso e insalubre encontrarse un campo de minas excrementicias mientras se airea, a pocos metros, nuestra ropa: vestidos, jerséis, toallas, camisas, pantalones, ropa interior... El foco de moscas verdes revoloteando cerca de mis sábanas ha alterado mi sensibilidad y, ante el incivismo que practican algunos vecinos, he decidido cerrar los diferentes accesos a la azotea comunitaria. Voy a poner carteles en todos los portales y alrededor del edificio para que los culpables tomen conciencia y entiendan que los vigilo de cerca. 
Atentamente, vuestro presidente.    

jueves, 26 de marzo de 2020

EL CALENTADOR


13ª crónica de un confinamiento improvisado

Hoy se me ha estropeado el calentador de agua. A nivel personal es la peor noticia que he tenido que asumir desde que estamos recluidos en casa. Ha sucedido mientras me duchaba, de repente, con el cuerpo totalmente enjabonado. He calentado agua en una olla para acabar de asearme en una palangana. El objeto es una verdadera reliquia que pertenecía a mis abuelos; un objeto maravilloso, una joya de loza blanca con un sencillo ribete azul en el borde. En casa necesitamos agua caliente para poder disfrutar de un baño o de una ducha, o simplemente de hacer más confortables tareas tan sencillas como lavar los platos. Ay, Dios mío. Tenemos todas las necesidades cubiertas con tan solo apretar un botón y nos sentimos perdidos cuando algo deja de funcionar. Mi calentador es de gas. He intentado recordar la manera en que lo repara el técnico cuando se ha estropeado las veces anteriores. Suele venir cada dos o tres meses. El termo tiene sus años, pero aún tira. Le he quitado la carcasa metálica que cubre su maquinaria interna y le he visto las tripas. Su corazón es la pequeña llama que sale del quemador, la que justo se ha extinguido porque hay algo que la obstruye. El gas es el combustible que hará posible que su pequeño corazón vuelva a latir. El funcionamiento es sencillo. Se abre el grifo de agua caliente; el gas enciende la llama; el agua fría entra en la caldera y circula por dentro del serpentín; el serpentín es un tubo en forma de espiral que al pasar por encima del quemador consigue que el agua de su interior se caliente. Qué fácil es conseguir lo que necesitamos activando la maquinaria que se encarga de ello. Necesitamos un cursillo de supervivencia para cuando llegue el fin del mundo. Y presiento que se acerca. Está a la vuelta de la esquina. Llamaré al fontanero. Solo veo tubos, piezas gastadas y cables enrollados. Un caos que no entiendo. Espero que den servicio y puedan venir a arreglarlo. Si me dicen que sí, a las ocho aplaudiré por ellos y les dedicaré una canción.  

miércoles, 25 de marzo de 2020

EL INTERRUPTOR


12ª crónica de un confinamiento improvisado

No he pasado buena noche y esta mañana, cuando ha sonado el despertador, he decidido quedarme en la cama. Me notaba indispuesto y me dolía la barriga. Cené dos pizzas. Al menos no eran los síntomas típicos del coronavirus. No he llamado al trabajo. Ya recuperaré las horas. He aireado la cama y he vuelto a acostarme boca arriba, estirado con las manos cruzadas sobre el pecho y dispuesto con cierta solemnidad. He cerrado los ojos y me he imaginado extinto en esa verticalidad, postrado en ese reducto acolchado que tomaba mi forma. He despejado mi mente y he hecho el esfuerzo de conectar con el más allá. ¿Cómo debe ser estar muerto? Al mirar al techo me he perdido en el laberinto de su blancura y he tanteando con las manos la niebla de mi subconsciente. He imaginado que entraba en una habitación buscando algún dispositivo para conectar la luz. He acariciado paredes invisibles que se escurrían entre mis dedos, he tanteado el espacio, el «no lugar». Olía a arenque, a sardinas de casco con huevos fritos, mi plato preferido. Durante el tiempo de semiinconsciencia todo se desvanecía a mi paso, no tenía visión, estaba ciego, pero sentía la forma del aire y la gravedad envolvente de una energía. Hasta que he rozado algo que no se evaporaba y era palpable. Un interruptor. Lo he pulsado sin pensar y, tras un potente chispazo,  he sentido como la materia que formaba mi cuerpo se volvía atmósfera y lo etéreo que quedaba de mí pasaba a mejor vida.        

martes, 24 de marzo de 2020

APARCAR EN LÍNEA


11ª crónica de un confinamiento improvisado

Desde la ventana observo como alguien aparca su automóvil en un espacio que, a simple vista, parece algo más reducido que el tamaño de su coche. Las ventanas se han convertido en una alternativa más para no estar pegados a la televisión ni a las redes sociales. Me embobo con las maniobras que realiza. Entra y sale continuamente y no se da cuenta de que en ese hueco es prácticamente imposible meter el coche. Pero sigue intentándolo, no se desespera. Tiene suerte de que ningún vehículo aparezca por detrás. Todo está desierto. Desde esta distancia solo aprecio un bulto, una sombra indefinida, alguien que bracea tras el volante. Supongo que será algún vecino de la zona. La curiosidad me mantiene acodado en el poyete de la ventana con un único dilema: ¿será un hombre o una mujer? Si fuera un conductor experto ya habría aparcado. Solo se trata de tener algo de destreza y tener interiorizado el control de las distancia. Alguien vocea frases socarronas desde el edificio de enfrente al pobre conductor o conductora que intenta aparcar en línea. Ha bajado un poco la ventanilla y ha sacado una mano. Una peineta. Es positivo que no desista, que no se ofusque, que sea perseverante. No debe hacer caso a las burlas, ahora es un buen momento para practicar y realizar todas las maniobras que estime oportunas. No es ningún pecado. Incluso es sinónimo de querer hacer las cosas bien. Voy a prepararme un aperitivo y una cervecita. Pondré música, Carros de fuego de Vangelis, y, con esa banda sonora, seguiré contemplando la entretenida película que me ofrece la realidad de la calle.

lunes, 23 de marzo de 2020

HUELE A JABALÍ


10ª crónica de un confinamiento improvisado.

Qué bonito es ver matarse a las palomas por un mendrugo de pan una mañana barrida de nubes y amarilla de sol mientras una piara de jabalíes hambrientos toma las calles. Estas bestias han iniciado una guerra de guerrillas en los pueblos y las ciudades; saquean huertos y cultivos, todo lo que encuentran a su paso, incluso destrozan el mobiliario urbano y provocan accidentes de tráfico. Acabaremos la pandemia del coronavirus para librar otra batalla con estos animales capaces de provocar un descarrilamiento. Vienen del monte y hacen varias incursiones al día, son astutos y se mueven por nuestra zona como pez en el agua. Algo traman. La policía debería liarse a tiros con estos cuadrúpedos que campan a sus anchas por el barrio. Han encontrado la manera de colarse en el edificio de enfrente que está en ruinas. Los vecinos están asustados y yo también. Cualquier día me veré acorralado con uno o varios de ellos. El rezo a las estampitas de santos y vírgenes se ha convertido en una de mis rutinas diarias. O detenemos a estos puercos asquerosos o este verano compartiremos la playa con ellos. Eso sí el otro bicho nos deja.    

domingo, 22 de marzo de 2020

UN HOLGAZÁN INTERESANTE


9ª crónica de un confinamiento improvisado.

No siento tristeza ni amargura por estar en casa encerrado. La sentí con intensidad no hace mucho tiempo. Fue el peor año de mi vida. No podía quedarme en mi apartamento porque las paredes eran brazos que me estrangulaban. Recurrí a la casa de mis padres y estuve con ellos una buena temporada. Mi estado no era el típico abatimiento por un mal de amores o una depresión, era otra cosa más profunda que arrastraba desde mi juventud sin saberlo. Pensaba que las peculiaridades que nos definen, ya sean buenas o malas, tienen que ver con nuestro carácter. Sí, pero algunas veces no. Mi conducta seguía unos claros patrones para ser diagnosticada como una herida emocional significativa, que oscilaba y avanzaba a tenor de mis vivencias, minando, muchas veces, etapas de mi vida. La combatía como podía y, con el tiempo, la iba superando. O, al menos, eso creía. Por eso es importante pedir ayuda cuando ya no es posible hacer frente a las fauces de esos perros negros que ladran sin parar en tu mente. Al final no puedes gestionar unos hechos que otros afrontan sin aparente preocupación. Hay una lesión que no percibes porque tú crees que eres así. Por eso, cuando te dejas ayudar, alivia mucho saber que las enfermedades invisibles que pueden albergarse en nosotros poseen nombre propio. Todos vamos a sufrir. Cada uno a su estilo. Nadie va a salvarse de eso. Y quien lo haga, quien no lo pase mal en su vida, será un ser incompleto que jamás sonreirá como lo hacen los que sí han padecido. Quizás muchos lo hagan durante este confinamiento encerrados en sus casas, ya que, este tiempo que roza lo distópico, puede ser una buena oportunidad para convivir con el aburrimiento. No te muevas, quédate quieto. Respira. Permítete no hacer nada. Ese eres tú. Una esfinge hierática con la mirada perdida. Un cuerpo y un alma indivisibles. Convívete. Habla con el otro que llevas dentro. Comprueba de qué pasta estás hecho e intuye tu verdadera naturaleza. Pero también haz algo de provecho. No seas zángano. El día tiene muchas horas. Esta medida puede ayudarnos a conocernos mejor pero también es una vía fabulosa para los holgazanes deseosos por devorar libros y beber cerveza. 


sábado, 21 de marzo de 2020

DEDO EN MARTILLO


8ª crónica de un confinamiento improvisado.

Los lunes se van pareciendo a los martes, y los martes a los miércoles, y los miércoles a los jueves, y así. Hoy es sábado. Un día como otro. Genial. Me he enamorado de una trompetista noruega. Se llama Tine Thing Helseth. Es rubia y tiene treinta y tres años. La he conocido esta mañana por YouTube. El azar ha querido que pulse el play en una versión para trompeta de Astor Piazzola, Libertango, y me he encontrado con una orquesta compuesta únicamente por mujeres y liderada por esta portentosa y atractiva solista. La música y el buen arte han de sorprendernos por la espalda. Esperarlo puede ser decepcionante o no producir las mismas sensaciones. No hace falta salir a la calle o viajar como si eso fuera lo mejor del mundo. Hoy, un sábado que parece un lunes, me he enamorado de Tine sin salir de casa. Tras este descubrimiento he trasladado el pequeño altavoz al cuarto de baño y me he duchado con ella. Quiero que me toque cada mañana. Me he meado los pies. He apuntado el chorro hacia el segundo dedo del pie izquierdo, el que ayer os dije que tengo arqueado en forma de garra; por si los efectos beneficiosos del pis logran contraerlo y lo ponen tieso. A los dedos de los pies nadie quiere ponerles un nombre como es debido, están desamparados y maltratados, pero si tienen alguna deformidad he descubierto que sí se les otorga uno.  

viernes, 20 de marzo de 2020

LA GENTE DE LOS BALCONES


7ª crónica de un confinamiento improvisado.

Hoy me he levantado contento. Demasiado. Me he duchado y he puesto el Réquiem de Mozart para no venirme muy arriba. A veces olvido que estamos en alerta por la pandemia. He aprovechado el baño matutino para cortarme las uñas de los pies; la humedad las reblandece y consigue que, en cada tijeretazo, estas láminas corneas, más duras que elásticas, no salgan despedidas como perdigones. Me he fijado en mis pies. Son más o menos bonitos. El dedo que está a continuación del gordo es un poco más largo y se posiciona arqueado como una leve garra. Nunca me había fijado tanto en mis pies. Les he dado las gracias por soportarme todo este tiempo. Ahora descansan. Se lo merecen. Llevan una semana en pantuflas y ya no dan largos paseos. También he observado las palmas de mis manos y cada uno de los dedos: el pulgar, el índice, el anular, el corazón y el meñique. Estas dos extremidades son los extremos del cuerpo y por ellas nos entran todos los males. Sin embargo se nota qué apéndices son los mejor considerados. Hay una evidente recriminación, pues a unos se les puede llamar por su nombre y a otros no. Al menos que yo sepa. No es justo. Es un tema controvertido que trataré de hablarlo con la buena gente de los balcones.

jueves, 19 de marzo de 2020

UNA VIDA RECICLADA


6ª crónica de un confinamiento improvisado.

Cada hora saco la cabeza por la ventana. Por curiosidad y por comprobar si tenemos la capacidad para quedarnos recluidos en casa. La tenemos. La concienciación está a pesar de que, inevitablemente, existen momentos de debilidad. Hoy es festivo. San José, día del padre. La brisa sube desde el mar y respiro el salitre de la playa. Es una agradable sensación. La calma inunda de silencio lo que antes era un escenario inquieto donde transitaba la gente. Es jueves y todo está como dormido, ausente, sin vida. Menos una simple caja de cartón que se mueve por la acción de ese viento fresco y suave. Se desplaza por la acera y el asfalto como un animal moribundo, como un perro o un gato callejero. En su avance tropieza con el mobiliario urbano: un banco, una jardinera, una papelera, dos farolas, varios pilones de hierro y una señal que indica solo carga y descarga. No han sido suficiente obstáculo, los ha superado y los ha dejado atrás. La caja tiene un objetivo. Parece que posea la dignidad de los residuos inservibles y sea consciente de que le espera una vida reciclada si consigue llegar a los contenedores del final de la calle. Sin embargo, a varios metros de alcanzar su meta, alguien sale del portal número ocho y tropieza con ella. Es un tipo con batín que sostiene una enorme y maloliente bolsa de basura; el verdadero impedimento con el que se topa la caja de cartón, porque, sin ningún miramiento, la aplasta, la chafa, la pisotea, la aplana, la machaca, e incluso salta sobre ella como un bruto insensato que no es capaz de advertir un agujero en la base de la bolsa.

miércoles, 18 de marzo de 2020

TENER UN INTERIOR


5ª crónica de un confinamiento improvisado.

Para algunos esta situación impensable es un castigo de la vida y para otros una circunstancia para meditar y vivir en completa libertad. Quedarse en casa no tiene por qué ser un hecho negativo. Yo he dormido en playas, en parques, en estaciones, en el interior de vehículos, en vagones de tren, en prados, en comisarías, en castillos abandonados, en casas en ruinas, en cuevas, en mansiones... He podido ser un trotamundos incansable que ha viajado por los cinco continentes y se ha dado cuenta de que las mejores obras de arte son las que hace la naturaleza. Esta pandemia podría ser una de ellas; la gran oportunidad para aquellos que siempre han estado seguros de todo y nunca han corregido su mirada. ¿Y ahora qué? ¿Avanzamos en línea recta, en círculo, en zigzag? ¿Avanzamos siquiera? Tener un gran interior es lo único que ayuda. Me he dado cuenta estos días que he silbado con los pájaros y he cantado con las voces de la radio; también al reír con los chismes disparatados que la gente ha ido publicando en las redes sociales y, sobre todo, al llorar frente al espejo por la incertidumbre que nos acecha. También al hablar con los ojos cerrados con mi conciencia porque me repite convencida que, cada noche, mientras dormimos la humanidad va extinguiéndose sin remedio.  

martes, 17 de marzo de 2020

HAN ECHADO A VOLAR DESPAVORIDAS


4ª crónica de un confinamiento improvisado.

Una paloma se ha posado en la ventana de mi estudio, justo en el barrote superior de la barandilla. En pocos segundos lo ha hecho otra. Y luego otra más. Un total de tres torcaces del tamaño de un balón de rugby. Me observaban tras el cristal como si yo fuera algo expuesto en un escaparate. Estaba dibujando. Movían la cabeza como si se fascinaran  al verme. ¿Habrán notado el confinamiento de la raza humana?¿Nos echaran de menos? He hecho ademanes para asustarlas; incluso me he levantado para dar unos golpes al cristal, pero, inexplicablemente, no se han mostrado asustadizas ni han reaccionado como suelen hacerlo en los parques, han permanecido quietas como pequeñas estatuas. Soy artista plástico, así que he aprovechado la circunstancia para dibujarlas. Tres ratas voladoras encaradas hacia mí, posando como auténticas modelos y sin manifestar su actitud esquiva. Las he esbozado rápidamente con una barrita de carboncillo y he transformado sus cabezas en tres rostros humanos: el de tres políticos que me han venido a la cabeza. He creado un trío de alimañas aladas, una quimera imposible y absurda sobre papel. Las palomas han contemplado mi soltura mientras las dibujaba, y cuando he acabado, esperando alguna reacción por su parte, les he mostrado mi creación.

lunes, 16 de marzo de 2020

A LAS OCHO


3ª crónica de un confinamiento improvisado.

Hoy no he ido a trabajar porque he notado un leve pinchazo en las sienes. He llamado a la empresa y les he comunicado que, por precaución, me quedo en casa, que podría cocérseme algo. Quizás el arranque de un periodo febril o de una tos seca. El cerebro conecta con todo y esta sensación punzante puede que sea el primer aviso. Sé que no debería estar tan pendiente de las señales de mi cuerpo, pero basta que digan los síntomas que suelen manifestarse en estos casos de alarma para tenerlos todos. Ufff. Ya siento como me falta el aire y se activan los resortes de mi sesera. Respiro con dificultad, como si los orificios de mi nariz estuvieran obstruidos. Mi conciencia dirige una sinfonía cerebral con un afilado machete que raja mi equilibrio. Me alivio un poco presionando con fuerza los laterales de mi frente con el pulgar y el dedo corazón de mi mano izquierda. He de tranquilizarme. La patata me va a mil por hora. Tengo calor. Empiezo a sudar, a jadear. Quiero estornudar y no puedo. Joder. Me siento mal. Mi frente se llena de arrugas. Tendré unas décimas y a ese bicho dentro. Siempre hay algo o alguien que me pone la pierna encima para que no levante cabeza. Esta vida no tiene sentido; es un absurdo imposible de planificar. Sin embargo todo está conectado, incluso esta reacción hipersensible que controla mi mente. Lo físico es una metáfora de lo psíquico. Qué cansado es malpensar; más que hacer ejercicio. Venga, va, respira. Inspira, espira… Inspira, espira… He de aplacar esta ansiedad. Voy a tomar el aire. Son las ocho. Tocar el himno con mi bombardino me sentará bien.

domingo, 15 de marzo de 2020

SANA SANITA

2ª crónica de un confinamiento improvisado.

Tener miedo no es tan malo.
Yo me he levantado pronto y he puesto música: el Don Juan, Op.20 de Richard Strauss. Qué maravilla. Voy soltando pedos al andar y me río solo. En mi casa soy libre porque no hay nadie. Café soluble y tres galletas de avena. Mi desayuno. Eso es lo único chocante. Siempre lo he tomado fuera de casa. No estamos acostumbrados al sosiego y a la lentitud; ni al sonido interno que emitimos si hemos de quedarnos confinados en casa. Yo sueno como mi vieja nevera. Tiene treinta años. Perteneció a mis abuelos, luego a mis padres y ahora, desde hace cinco años, a mí. Es una herencia familiar que, por mi recelo a no compartirla, va a congelarse conmigo (nunca mejor dicho). Es el objeto de la casa al que siempre he profesado una profunda admiración. La contemplo como a un elemento con quien hablar. La gente prefiere a las mascotas o a las plantas para soltar sus chácharas y existe una tremenda falta de respeto por los objetos. Yo prefiero rodearme de todo aquello material e inanimado. La he limpiado con agua y amoniaco, por dentro y por fuera, y me he dado cuenta de que tiene una balda rota, la que soporta el kétchup y la mostaza, los pepinillos en vinagre, la mayonesa, las aceitunas, el bote de mermelada y la mantequilla. Le he quitado todos esos envases para que no soporte más peso y he curado su herida con una tirita, susurrándole cariñosamente «sana sanita».
Sin imaginación las vamos a pasar canutas.